La de los 40  

30 abril, 2015 Leave a reply

     manos

Por Alma Campos Pineda

Esta semana mis padres cumplen 40 años de casados. Podría poner aquí que se dice fácil pero no, ni hacerlo ni decirlo me parece que haya sido tarea fácil. ¡Estamos hablando de que mis padres llevan más tiempo juntos, del que pasaron solteros! No puedo más que considerarme muy afortunada (casi que tipo en peligro de extinción) por tener a mis padres juntos. Ya en mis épocas se veían divorcios, me tocó tener amistades a lo largo de mi vida estudiantil, que tenían padres divorciados, o desde hacía mucho tiempo ya, o de índole reciente; pero eso sí, siempre se veía algo de tristeza en sus ojos cuando lo contaban. Yo ni a pleitos de aventarse-la-plancha llegaba. Y desde entonces ya me sabía afortunada.

Hubo épocas difíciles en mi familia, no se vaya a creer tampoco que trato de vender la idea de que mi vida fue casi cual cuento de hadas, pero eso sí, siempre vimos, por más duro que fuera el pleito, o difícil la época que pasábamos, que todo lo arreglaban juntos. A veces mi mamá hacia “trampa” y empezaba a maquinar la solución al problema antes de que mi papá llegara, pero el cierre final del problema lo daban en pareja.  Mi madre dejó de trabajar cuando se casó (¡bendita ella!), aunque el trabajo en casa, con cuatro hijos debe haber sido peor (ups….), así es que había noches, muchas en realidad, que tenía que esperar a que mi papá regresará de la oficina, darle de cenar, preguntarle por su día y sus problemas laborales, y ahora sí, antes de irse a dormir, plantear la situación escabrosa familiar del momento, para solucionarla juntos. No siempre lograba quedarme despierta hasta que el llegara y al menos tratar de espiar detrás de la puerta lo que decían, pero si a la mañana siguiente el problema ya se había solucionado, me quedaba claro que lo habían hecho entre los dos.

Ya antes dije en este espacio que yo me casé con la certeza en mi corazón (y en mi necedad) de que era para toda la vida, y no sería sorpresa el decir también que lo hice con ese pensamiento porque tengo un gran ejemplo en mi vida. Del matrimonio de mis padres aprendí que si bien estarás en desacuerdo en un sinfín de cosas a lo largo de la vida, al menos el veredicto final de algo se da en pareja, que frente a los hijos no se pelea, ni se grita, ni se lleva la contraria si uno ya dijo algo antes que el otro, sobre todo para no desestabilizar emocionalmente a los hijos (eso se lo dejamos a la televisión), que a la familia del otro se le respeta aunque la tía Conchis nos caiga mal o el tío Pánfilo sea medio metiche, la familia es la familia, y si te enamoras de una persona, para bien o para mal, ¿algo habrá que agradecerle a los que estuvieron alrededor no? Que a la suegra se le respeta y se le quiere (cuando se tiene una normal como el caso de mis padres y Gracias a Dios el mío también), ¡porque la madre de uno es sagrada! Aprendí a amar a mis hermanos cuando más nos peleábamos todos contra todos; mis padres siempre estaban ahí, dispuestos a separarnos primero (¡es que nos engarzábamos como perros de pelea!), después a decirnos que si estábamos tontos por pelearnos así, y por último a explicarnos que estaríamos juntos los cuatro en esto de la vida, pues básicamente, toda la vida, así es que más nos valía tomarlo con calma, que el día que ellos no estuvieran, con quienes verdaderamente lloraríamos ese dolor, sería con nosotros cuatro nada más, pues sentiríamos exactamente lo mismo. Así es que además de amor de pareja me enseñaron amor de hermanos.

Durante toda nuestra vida “joven” los vi sacrificarse cada día por nosotros: por la escuela, vacaciones, ropa, caprichos (yo era la peor la verdad en este campo), comida, casa, en fin, ¡sacrificaron todo por nosotros! Por la familia que empezaron a formar una semana como esta de hace 40 años en que los dos dijeron “Acepto”.

A veces me peleo con mi esposo y siento que es un pleito de un nivel que seguro la humanidad no ha visto jamás, y me pregunto cómo es que uno le da la vuelta a esa página para hacerlo a un lado y seguir como si nada, con cara de “sigo tan enamorada de ti como aquel primer día ¡que te lo perdono todo!”, y de pronto me encuentro pensando en mis padres: durante 40 años no creo que se la hayan pasado perdonándose mutuamente, o pasando por alto las faltas que seguro salieron en el camino, creo más bien que solo pensaban en que la meta que buscaban era una más alta y más valiosa, como para arruinarla con trivialidades. Y esa meta más alta es la que yo aprendí a buscar también: viéndolos día a día, luchando contra todo, pero divirtiéndose también de lo lindo ¡imposible pasar 40 años juntos si no te diviertes! Y llevo ya 10 años en el camino, ¿nada mal no? tomando en cuenta que el divorcio pareciera que cada vez se pone más de moda.

A mis padres les digo aquí: ¡Felicidades! Lo han hecho estupendamente bien, pero no necesitan que yo ni nadie lo digamos, basta con ver a su alrededor, lo que han construido, el amor que hay en torno a ustedes, las vidas nuevas, la familia que crece, mirarse al espejo y si bien seguro ven un poco más arrugas cada año, estoy segura que ven también más amor, más felicidad, más permanencia en este mundo que demuestra que se han amado hace tanto tiempo, ¡como para seguir juntos todo este tiempo! Crearon una familia hermosa (modestia aparte por supuesto) y hemos hecho lo nuestro para seguir su ejemplo de amor, de fidelidad, de compromiso, de apoyo. Gracias por amarse, por demostrar que en esta vida si se puede cumplir con lo que se promete un día frente al altar (o donde sea), por enseñarnos que un problema nunca, NUNCA es más grande que el amor entre ustedes, ni el amor a nosotros… los amo con toda mi alma.

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Algo a primera vista      

25 marzo, 2015 Leave a reply

1npLo mío con Ulises no fue amor a primera vista. Tal vez en su momento lo pensé, pues a los 22 años, después de muchos novios fallidos (ninguno me interesó como para volverlo no fallido, la verdad), la idea que uno tiene del amor dista mucho de ser la correcta, pero esa enseñanza solo el tiempo la da. Salimos solo dos o tres veces, y primero se hizo el gracioso preguntándome por mis amigas, y ya después me dijo que la que le cuachalangaba era yo. No podía ser amor. No nos conocíamos, no sabíamos nada el uno del otro, ni sabíamos historias o pasado del otro, pero eso sí, nos gustábamos lo suficiente como para considerarlo amor a los 22 años. Muchísimos años después me enteré que él me había visto ya al menos 6 años antes de conocernos. Fuimos en la misma escuela toda la prepa y la universidad, él dos años más grande que yo, me echo el ojo desde mi primer semestre de preparatoria y yo, ni por enterada me di.

La tercera vez que salimos fue a Cuernavaca, a la comida de cumpleaños de una amiga. Se auto-invitó (de esto me enteré también muchos años después) y llego después, y estuvimos juntos toda la tarde. En un momento que consideré de lo más romántico, le canté junto con OV7 de fondo “me enloqueces, creo que me empiezo a enamorar”, y creo que ¡ahí fue cuando lo enamoré! (o me di cuenta de lo ridícula que estaba siendo, por ejemplo). Cuando se fue nos dimos nuestro primer beso. Mis amigas, cual niñas de primaria, me espiaban desde un rincón, haciendo tan famoso sonidito chillón cuando nos besamos, para luego echarse a correr, que no pude más que disculparlas con mi flamante nuevo novio y quedar de vernos al día siguiente.  Regresó como a los 10 minutos, con cara de Pedro Infante más galán que nunca, y a mí solo se me ocurrió preguntarle si se había perdido y no encontraba la salida, a lo que me respondió: regresé para estar contigo…. ¡¡¡Mis amigas ahora si se descocieron!!! Se echaron a correr como muchachitas cruzando la calle…. Me sorprende que haya seguido conmigo después de eso. Terminamos el día juntos y ahora sí se regresó a su casa porque creo que ya le habían dictado sentencia de muerte por desaparecer todo el sábado. Ese día comencé a pensar que la atracción a primera vista es la que sí existe.

Lo primero que note fueron sus ojos. Tiene una mirada tan profunda, tan honesta, tan sincera, tan misteriosa  que después de 14 años a su lado a veces aún me pregunto que está pensando cuando se queda mirando fijamente algo…..  Los ojos de mi hija son como los de él, y los dos pueden desarmarme o hacerme estallar de rabia con solo una mirada. Esos ojos tienen personalidad propia. Uli tiene ascendencia árabe, por lo que sus rasgos no son suaves. Si bien la mirada lo es (pero solo hasta que ves más allá de ella), su cara no es la de alguien amigable o de carácter suave o bonachón. Un jefe que tuve decía que al encontrarse a Uli en la noche, ¡era preferible sacarle la vuelta! A mí eso me cautivó. Siempre dije que quería un hombre que me protegiera, que me cuidara cuando se necesitara y que se agarrara a guamazos cuando se ofreciera, así es que no quería a alguien de complexión…. pues parecida a la mía. Quería alguien que impusiera, pero sobre todo, que me impusiera a mí. Tiene manos grandes, llenas de heridas y cortadas por la bicicleta, pero al mismo tiempo tan cuidadosas como para peinar a mi hija, curar la herida de mi hijo cuando se abrió la frente, o ayudarme con las vendas de la panza después de mis 2 cesáreas. Sabe cuándo reír, cuando hacerme reír, cuando dejarme llorar a solas o solo sentarse a mi lado mientras lloro.

No tardé mucho en enamorarme verdaderamente de él. Sobre todo porque desde el minuto uno me dejo claro que NO me dejaría hacer mi santa voluntad…. Se pensaría que aquí se acababa el cuento de hadas, pero no, aquí fue donde comenzaba. Me topé con un hombre que me retaba a superarme en cada cosa que hacía, con alguien que me decía que si no podía bueno pues ni hablar, que pena le daba, y esperar a que el orgullo me ganara y entonces sí hacer lo que ya había declarado imposible de hacer. Cuando me cansé de vivir en el DF me dijo sin mayores problemas: ¡al primero que le salga trabajo en otra ciudad, nos vamos! Fue fácil enamorarme de un hombre que sueña tanto que ha sabido meterme en la nube de sus sueños, y me enseñó a soñar despierta más de una vez.

Lo mío con Ulises no fue amor a primera vista, primero y más importante porque ni siquiera nos vimos por primera vez al mismo tiempo. Yo estaba muy ocupada cargando mi mochila azul (ay si caray, ¡como la de la canción!) tratando de no perderme en los pasillos de la escuela, cuando el me vio, pero yo tarde solo 6 años en verlo a él porque mi cabeza andaba muy distraída en ese tiempo.  Lo mío con Ulises es amor de más tiempo, que tomó más de una mirada para declararlo como amor y seguimos pasando los años juntos, mirándonos cuando peleamos, o cuando nos reímos o cuando pedimos complicidad para regañar o felicitar a alguno de los hijos. Tenemos un amor más allá de una primera vista.

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Yo sola puedo

11 marzo, 2015 4 Comments

1np
Apuesto  que a más de una que lea esto, le parecerá que esta es la frase que más nos define como mujeres modernas, o al menos debiera hacerlo, o que es ya el vivir cotidiano de todas nosotras, mujeres independientes, modernas, que hemos sabido salir adelante ¡y que no necesitamos absolutamente de nadie más! Y eso que no estoy hablando solo del sexo masculino en específico, trato de ser más general sobre el concepto de “necesitar” de alguien o a alguien.

Desde que era pequeña, recuerdo que mi papá, antes de dormir y después de persignarme, me decía que era una gran niña, muy inteligente, valiente, lista, y que siempre conseguiría todo aquello que me propusiera, sobre todo por aquello de ser inteligente (creo que mi papá pensaba que era un genio o algo así), y también me decía que era independiente y decidida. Conforme crecía, y él se daba cuenta que no era tan “típica” como se pensaba, me empezó a inculcar la facultad (¿o necedad?) de defender siempre mi punto de vista, por muy contrario que fuera al de los demás, que lo defendiera, y que nunca, NUNCA me echara para atrás en una decisión tomada o en una discusión iniciada, sobre todo si estaba segura que mi punto de vista valía la pena ser defendido (no necesariamente correcto, aclaro).  Crecí pensando no que tenía razón en todo, pero sí que podía hacer todo lo que quisiera, conseguir todo cuanto soñara y sobre todo, valerme por mi misma si ese fuera el caso, sin la ayuda de nadie más.

No fue tan fácil conseguir todo lo que soñé, o valerme sin la ayuda de nadie, sobre todo por que crecí, además de con grandes porras anímicas, con un cuidado absoluto de mis padres hacía mí: no podía salir sola, no podía tener novio (¡ja!), jamás me fui de pinta y mucho menos de viaje con amigas, siempre acompañada de mi mamá o mi hermano mayor, no fue fácil aprender a valerme por mi misma como se suponía que debía hacerlo. La primera vez que me subí al metro sola fue en Barcelona, a los 24 años, después de que Ulises me enseñara como debía hacerlo, y hasta que él se fue a Madrid tuve que ponerlo en práctica. El “largo” trayecto de  treinta minutos de mi casa a la escuela lo pasé casi rezando toda la letanía, tratando de no ver a los ojos a nadie para no tener problemas, y rogando que no se subiera un maleante o un asesino serial de esos que SEGURO andan en metro todo el día buscando maldades por hacer…. Llegué tan asustada a la escuela que a las 10 pm que salí de clases, casi me pongo a llorar, ahora sí, del puritito susto de pensar que ahora iba de regreso pero más oscuro.

Al final fue fácil andar sola en metro, o ir al súper sola, o al cine, o a comer, o llegar a una fiesta sola; pero cada que Ulises iba a verme a Barcelona, le pedía que me acompañara a la escuela, que me esperara a que saliera, que fuera al súper conmigo o me llevara a hacer algún trabajo de la escuela; en resumen: me di cuenta que podía hacerlo todo yo sola, pero era también muy gratificante hacerle saber que igual lo necesitaba. Y no digo con esto que lo estuviera engañando o dándole “atole con el dedo”, simplemente digo que cuando encuentras a la persona que amarás el resto de tu vida, si bien es bueno mostrarle que eres independiente y que sabes apañártelas sola, también es bueno demostrarle que lo necesitas, que lo quieres a tu lado aunque sepas ser feliz tu sola; yo al menos no me casé por compañía, o porque me hagan las cosas que yo no puedo; me casé porque lo amé mucho antes de hacerlo y no quería vivir mi vida sin él. Y si eso va acompañado de quien me cambie la llanta, o los focos, o me lleve en coche para no ir en metro, ¡que mejor!

Soy una gran creyente de la liberación femenina, solo creo también que a veces se nos pasa un poco la mano. Yo puedo cambiar una llanta de mi coche (si, lo he hecho!), pero prefiero hablarle a Uli y decirle que me ayude, así no me ensucio la ropa o maltrato mis tacones (¡sagrados para mí!); puedo abrir un bote de pintura y pintar mi casa si lo requiere, pero prefiero pedírselo a él y así no tengo que vestirme como espantapájaros con overol de mezclilla o algo así; puedo bajar las bolsas del super, más 2 hijos, más contestar el celular a un cliente, más abrir la puerta de mi casa con la otra mano (¿cuáaaal?), pero prefiero marcarle y decirle que casi llego, ¡que por fa me ayude con todo lo que traigo! Si las mujeres podemos dar a luz y regresar a trabajar a los 45 días de eso, con el cuerpo magullado y el alma destrozada por dejar al bebé, ¡podemos hacer lo que sea! Sé también que no está mal pedir ayuda, que no está mal hacer sentir necesitado y querido a quien amamos…. Y Uli sé que estás leyendo esto, ¡¡Solo no lo tomes en mi contra la próxima vez que te pida algo por favor!! Yo puedo sola, ¡pero me ENCANTA ver como lo haces por mí!

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El crimen de la pasta de dientes   

25 febrero, 2015 Leave a reply

neocasadabuenoA más de una de nosotras nos dijeron que, cuando te casas y/o empiezas a vivir con alguien, el primer pleito, casi que inmediato, es el de la Pasta de Dientes, porque el masculino en cuestión la deja destapada o apachurrada de tal forma que tirarla es inevitable.  Así es que, desde hace 10 años que me casé, he estado buscando el momento ideal para pelear por la bendita pasta de dientes apachurrada, pero en el camino, me he ido encontrando pleitos (y por ende reconciliaciones), más interesantes.

Aquí debo aclarar, si es que aún no se ha entendido así, que si bien soy una mujer moderna y hasta cierto punto liberal, lo soy también tradicional. Yo no me casé pensando que existía el divorcio, no contemplo, aun al día de hoy, la idea de separarme de mi marido, y eso que varias tardes de ocio me he puesto a pensar detenidamente qué me haría separarme, incluso un día hasta hice repartición de bienes con él para que quedara claro desde ahorita, que el refri y las televisiones son mías. Y entre tantas y tantas ideas que me pasan por la cabeza, la de la pasta de dientes apachurrada sigue sin salir.

Un día descubrí que si bien es de suma importancia amarse hasta la médula, no es lo único importante para que una pareja funcione. Y no lo digo basándome solo en mi experiencia, que si lo vemos con más calma, 10 años es poco tiempo pensando que me falta aún vivir con mi marido el resto de mi vida; lo digo viendo a mis padres que llevan casi 40 años de casados, o mis suegros que andan en las mismas, mis tías, tíos, amigos de la familia, en fin, tantas personas que tengo la fortuna de rodearme de ellas y haberles aprendido más de una cosa. No solo debe existir amor, debe existir también entendimiento de que las personas SOMOS DIFERENTES. Además de eso, una pizca de respeto y comprensión nunca están de más.

Mi esposo anda en bicicleta creo desde que nació, de novios me hacía tanta novedad pensar en un novio deportista que hasta lo acompañaba los fines de semana al Ajusco, yo intelectual con mi libro en mano, dándole besos de ladito por aquello del sudor, con ese casco full face que me parecía tan sexy y eso sí ¡unas pantorrillas (y más arriba) que ni para qué contarlo! Poco tarde en darme cuenta que eso no cambiaría de casados, al contrario, se alargarían más las tardes de sábado, o en el Ajusco o en casa esperándolo, porque ya no tenía que ir después a buscarme a mi casa, pues ya vivíamos en la misma. La batalla campal comenzaba.

Los dramas ni para que recordarlos, fueron demasiados; terminaron no con mi esposo dejando la bici, si no conmigo entendiendo, y sobre todo respetando, que si bien nos amamos, somos diferentes y tenemos gustos y necesidades diferentes. Yo no acepto que el ande en bici y se vaya horas un sábado por la mañana, por el contrario, yo entiendo y respeto que es su espacio y que le gusta hacerlo, y el entendió que no debía tardarse tanto como antes, para que hiciéramos más cosas juntos, y de subirme a la bici ni siquiera lo intentó, eso no es lo mío.

Deja la pasta de dientes apachurrada, le toma a la leche del envase; se acaba el papel de baño y no pone uno nuevo; deja la puerta abierta a veces toda la noche; se rasura y deja un festín de pelitos por todo el lavabo. Pero también viste a mis hijos por las mañanas, los lleva a la escuela; sabe que canción poner cuando estoy triste o de malas; cambia los focos porque yo no alcanzo y me caigo de los bancos, y me ha sabido amar y respetar de la misma loca y exagerada manera que lo hago yo. No vale la pena el pleito de la pasta apachurrada, o el de rasurarse sobre MI lavabo, de la misma forma que para él no vale el pleito por mi coche sin lavar, o mis tacones a media escalera, o pedirle que me caliente los pies helados una noche de invierno, y tampoco el de la pasta de dientes, que por supuesto, ¡dejo toda apachurrada también!

No sé cómo encontrar un pleito que en verdad valga la pena, aunque en realidad no lo ando buscando, prefiero encontrar diversión que valga la pena, historias y anécdotas que contar en un futuro a mis nietos, pero sobre todo, prefiero hacerme de la vista gorda con los “errores” (¿o serán más bien horrores?) que mencioné arriba, y seguir pensando cada día de mi vida, que encontré a mi príncipe azul, con defectos y complicaciones, pero a la vez maravillas que me comparte todos los días de su vida, y así, aunque sea ya por compromiso, él seguirá haciendo a un lado los míos también.

 

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