Hermana saltada

2 marzo, 2015 Leave a reply

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Cuando pasas de los 30 y eres soltera, todo mundo cree que no tienes nada qué hacer, así que tu familia se siente con el derecho de disponer de tu tiempo para cuidar niños, ancianos, hacer los mandados y encargarte de cosas que la gente con ocupaciones (o sea casados) no puede realizar.

Nada más falso, si eres neosoltera tienes ocupaciones como cualquiera, vas al trabajo, al cine, al café, a la lavandería, al salón de belleza y hasta al taller mecánico… Pero pocos son los ojos que lo alcanzan a ver.

Andrea es neosoltera y como casi todas en esta vida tiene un hermano menor, que con más de 30 años de edad sigue en la adolescencia, y quien en un arranque “propio de su edad” decidió casarse.

Ella emprendió el viaje a casa de su madre un día antes de la boda y  desde que llegó sospechaba que algo no iba bien. No sólo porque cada invitado, tía, tío, primo, madrina le recordaba aquel dicho de “hermana saltada, hermana quedada”, sino porque sabía que su hermano y cuñada no eran muy organizados.

Como toda mujer adulta y previsora pregunto la noche anterior a la fiesta si había algún pendiente y todos respondieron que no.

Tomando en cuenta que no había ninguna tarea y que la ceremonia sería al mediodía, decidió levantarse a las 8 de la mañana, pero minutos antes, su madre la despertó: “¿Puedes ir a comprar unos calcetines?, es que a tu hermano se le olvidó”; sí, el mismo treinteañero que 12 horas antes dijo que ya tenía todo listo, no contaba con calcetines para su boda.

Andrea fue al súper volvió con los calcetines y cuando iba a darle el primer sorbo a su taza de café, la mamá volvió a la carga: “¿Puedes llevar unas cosas al salón de la fiesta?, es que el amigo de tu hermano que iba a hacerlo no llega”.

Y ya no cuento las demás frases maternales porque todas son iguales, el encargado no hizo la tarea y la neosoltera que no tenía nada qué hacer salía al rescate, al final su trabajo en la oficina era justamente resolver crisis.

Entre uno y otro mandadito, dieron las 11 de la mañana y sabiendo la desorganización de su familia prefirió ir a dejarlos a la iglesia, volver para arreglarse tranquila y llegar justo a tiempo a la boda de su único hermano.

¡Lista!  en menos de 30 minutos y hasta con peinado de salón hecho en casa ¡fabulosa!.

Salió y al cerrar la puerta de la casa la llave se atoró, sí la llave de la puerta que da a la calle, la maldita llave que sí abría y cerraba pero que no salía del cerrojo… Imposible dejarla pegada…

Marcó, marcó y marcó, pero como todos estaban en el entusiasmo de la boda no escucharon los celulares; ni pensar en los vecinos, también estaban en la fiesta. En la agenda de su madre no había ni un solo cerrajero.

Andrea se echó a reír, recordó que por andar de mandadera no había desayunado, así que se dispuso a hacerlo  mientras esperaba que terminara la misa y alguien acudiera a su rescate.

Tras resolver lo de la puerta, llegó al salón de la fiesta y fue recibida, faltaba más, por su madre: “Qué bueno que llegaste, la gente piensa que no fuiste a la misa porque estás traumada de que tu hermano es más chico y ya se casó, pero ya les dije que no es por eso, que fue porque no eres muy viva y se te atoró la puerta…”

Tras el shock, Andrea le replicó que cerró la puerta como siempre y la llave simplemente se atoró. La siguiente escena le hizo pensar “madre, por fortuna, sólo hay una”.

Y la respuesta materna fue: “Bueno, creo que sí tienes razón, la chapa se atora desde hace como tres meses, pero con la de la boda no me dio tiempo de mandar a arreglarla…”

perfillesly

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