Algo a primera vista      

25 marzo, 2015 Leave a reply

1npLo mío con Ulises no fue amor a primera vista. Tal vez en su momento lo pensé, pues a los 22 años, después de muchos novios fallidos (ninguno me interesó como para volverlo no fallido, la verdad), la idea que uno tiene del amor dista mucho de ser la correcta, pero esa enseñanza solo el tiempo la da. Salimos solo dos o tres veces, y primero se hizo el gracioso preguntándome por mis amigas, y ya después me dijo que la que le cuachalangaba era yo. No podía ser amor. No nos conocíamos, no sabíamos nada el uno del otro, ni sabíamos historias o pasado del otro, pero eso sí, nos gustábamos lo suficiente como para considerarlo amor a los 22 años. Muchísimos años después me enteré que él me había visto ya al menos 6 años antes de conocernos. Fuimos en la misma escuela toda la prepa y la universidad, él dos años más grande que yo, me echo el ojo desde mi primer semestre de preparatoria y yo, ni por enterada me di.

La tercera vez que salimos fue a Cuernavaca, a la comida de cumpleaños de una amiga. Se auto-invitó (de esto me enteré también muchos años después) y llego después, y estuvimos juntos toda la tarde. En un momento que consideré de lo más romántico, le canté junto con OV7 de fondo “me enloqueces, creo que me empiezo a enamorar”, y creo que ¡ahí fue cuando lo enamoré! (o me di cuenta de lo ridícula que estaba siendo, por ejemplo). Cuando se fue nos dimos nuestro primer beso. Mis amigas, cual niñas de primaria, me espiaban desde un rincón, haciendo tan famoso sonidito chillón cuando nos besamos, para luego echarse a correr, que no pude más que disculparlas con mi flamante nuevo novio y quedar de vernos al día siguiente.  Regresó como a los 10 minutos, con cara de Pedro Infante más galán que nunca, y a mí solo se me ocurrió preguntarle si se había perdido y no encontraba la salida, a lo que me respondió: regresé para estar contigo…. ¡¡¡Mis amigas ahora si se descocieron!!! Se echaron a correr como muchachitas cruzando la calle…. Me sorprende que haya seguido conmigo después de eso. Terminamos el día juntos y ahora sí se regresó a su casa porque creo que ya le habían dictado sentencia de muerte por desaparecer todo el sábado. Ese día comencé a pensar que la atracción a primera vista es la que sí existe.

Lo primero que note fueron sus ojos. Tiene una mirada tan profunda, tan honesta, tan sincera, tan misteriosa  que después de 14 años a su lado a veces aún me pregunto que está pensando cuando se queda mirando fijamente algo…..  Los ojos de mi hija son como los de él, y los dos pueden desarmarme o hacerme estallar de rabia con solo una mirada. Esos ojos tienen personalidad propia. Uli tiene ascendencia árabe, por lo que sus rasgos no son suaves. Si bien la mirada lo es (pero solo hasta que ves más allá de ella), su cara no es la de alguien amigable o de carácter suave o bonachón. Un jefe que tuve decía que al encontrarse a Uli en la noche, ¡era preferible sacarle la vuelta! A mí eso me cautivó. Siempre dije que quería un hombre que me protegiera, que me cuidara cuando se necesitara y que se agarrara a guamazos cuando se ofreciera, así es que no quería a alguien de complexión…. pues parecida a la mía. Quería alguien que impusiera, pero sobre todo, que me impusiera a mí. Tiene manos grandes, llenas de heridas y cortadas por la bicicleta, pero al mismo tiempo tan cuidadosas como para peinar a mi hija, curar la herida de mi hijo cuando se abrió la frente, o ayudarme con las vendas de la panza después de mis 2 cesáreas. Sabe cuándo reír, cuando hacerme reír, cuando dejarme llorar a solas o solo sentarse a mi lado mientras lloro.

No tardé mucho en enamorarme verdaderamente de él. Sobre todo porque desde el minuto uno me dejo claro que NO me dejaría hacer mi santa voluntad…. Se pensaría que aquí se acababa el cuento de hadas, pero no, aquí fue donde comenzaba. Me topé con un hombre que me retaba a superarme en cada cosa que hacía, con alguien que me decía que si no podía bueno pues ni hablar, que pena le daba, y esperar a que el orgullo me ganara y entonces sí hacer lo que ya había declarado imposible de hacer. Cuando me cansé de vivir en el DF me dijo sin mayores problemas: ¡al primero que le salga trabajo en otra ciudad, nos vamos! Fue fácil enamorarme de un hombre que sueña tanto que ha sabido meterme en la nube de sus sueños, y me enseñó a soñar despierta más de una vez.

Lo mío con Ulises no fue amor a primera vista, primero y más importante porque ni siquiera nos vimos por primera vez al mismo tiempo. Yo estaba muy ocupada cargando mi mochila azul (ay si caray, ¡como la de la canción!) tratando de no perderme en los pasillos de la escuela, cuando el me vio, pero yo tarde solo 6 años en verlo a él porque mi cabeza andaba muy distraída en ese tiempo.  Lo mío con Ulises es amor de más tiempo, que tomó más de una mirada para declararlo como amor y seguimos pasando los años juntos, mirándonos cuando peleamos, o cuando nos reímos o cuando pedimos complicidad para regañar o felicitar a alguno de los hijos. Tenemos un amor más allá de una primera vista.

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Yo sola puedo

11 marzo, 2015 4 Comments

1np
Apuesto  que a más de una que lea esto, le parecerá que esta es la frase que más nos define como mujeres modernas, o al menos debiera hacerlo, o que es ya el vivir cotidiano de todas nosotras, mujeres independientes, modernas, que hemos sabido salir adelante ¡y que no necesitamos absolutamente de nadie más! Y eso que no estoy hablando solo del sexo masculino en específico, trato de ser más general sobre el concepto de “necesitar” de alguien o a alguien.

Desde que era pequeña, recuerdo que mi papá, antes de dormir y después de persignarme, me decía que era una gran niña, muy inteligente, valiente, lista, y que siempre conseguiría todo aquello que me propusiera, sobre todo por aquello de ser inteligente (creo que mi papá pensaba que era un genio o algo así), y también me decía que era independiente y decidida. Conforme crecía, y él se daba cuenta que no era tan “típica” como se pensaba, me empezó a inculcar la facultad (¿o necedad?) de defender siempre mi punto de vista, por muy contrario que fuera al de los demás, que lo defendiera, y que nunca, NUNCA me echara para atrás en una decisión tomada o en una discusión iniciada, sobre todo si estaba segura que mi punto de vista valía la pena ser defendido (no necesariamente correcto, aclaro).  Crecí pensando no que tenía razón en todo, pero sí que podía hacer todo lo que quisiera, conseguir todo cuanto soñara y sobre todo, valerme por mi misma si ese fuera el caso, sin la ayuda de nadie más.

No fue tan fácil conseguir todo lo que soñé, o valerme sin la ayuda de nadie, sobre todo por que crecí, además de con grandes porras anímicas, con un cuidado absoluto de mis padres hacía mí: no podía salir sola, no podía tener novio (¡ja!), jamás me fui de pinta y mucho menos de viaje con amigas, siempre acompañada de mi mamá o mi hermano mayor, no fue fácil aprender a valerme por mi misma como se suponía que debía hacerlo. La primera vez que me subí al metro sola fue en Barcelona, a los 24 años, después de que Ulises me enseñara como debía hacerlo, y hasta que él se fue a Madrid tuve que ponerlo en práctica. El “largo” trayecto de  treinta minutos de mi casa a la escuela lo pasé casi rezando toda la letanía, tratando de no ver a los ojos a nadie para no tener problemas, y rogando que no se subiera un maleante o un asesino serial de esos que SEGURO andan en metro todo el día buscando maldades por hacer…. Llegué tan asustada a la escuela que a las 10 pm que salí de clases, casi me pongo a llorar, ahora sí, del puritito susto de pensar que ahora iba de regreso pero más oscuro.

Al final fue fácil andar sola en metro, o ir al súper sola, o al cine, o a comer, o llegar a una fiesta sola; pero cada que Ulises iba a verme a Barcelona, le pedía que me acompañara a la escuela, que me esperara a que saliera, que fuera al súper conmigo o me llevara a hacer algún trabajo de la escuela; en resumen: me di cuenta que podía hacerlo todo yo sola, pero era también muy gratificante hacerle saber que igual lo necesitaba. Y no digo con esto que lo estuviera engañando o dándole “atole con el dedo”, simplemente digo que cuando encuentras a la persona que amarás el resto de tu vida, si bien es bueno mostrarle que eres independiente y que sabes apañártelas sola, también es bueno demostrarle que lo necesitas, que lo quieres a tu lado aunque sepas ser feliz tu sola; yo al menos no me casé por compañía, o porque me hagan las cosas que yo no puedo; me casé porque lo amé mucho antes de hacerlo y no quería vivir mi vida sin él. Y si eso va acompañado de quien me cambie la llanta, o los focos, o me lleve en coche para no ir en metro, ¡que mejor!

Soy una gran creyente de la liberación femenina, solo creo también que a veces se nos pasa un poco la mano. Yo puedo cambiar una llanta de mi coche (si, lo he hecho!), pero prefiero hablarle a Uli y decirle que me ayude, así no me ensucio la ropa o maltrato mis tacones (¡sagrados para mí!); puedo abrir un bote de pintura y pintar mi casa si lo requiere, pero prefiero pedírselo a él y así no tengo que vestirme como espantapájaros con overol de mezclilla o algo así; puedo bajar las bolsas del super, más 2 hijos, más contestar el celular a un cliente, más abrir la puerta de mi casa con la otra mano (¿cuáaaal?), pero prefiero marcarle y decirle que casi llego, ¡que por fa me ayude con todo lo que traigo! Si las mujeres podemos dar a luz y regresar a trabajar a los 45 días de eso, con el cuerpo magullado y el alma destrozada por dejar al bebé, ¡podemos hacer lo que sea! Sé también que no está mal pedir ayuda, que no está mal hacer sentir necesitado y querido a quien amamos…. Y Uli sé que estás leyendo esto, ¡¡Solo no lo tomes en mi contra la próxima vez que te pida algo por favor!! Yo puedo sola, ¡pero me ENCANTA ver como lo haces por mí!

neocasadabuenoeditado

¡El amor no tiene por qué doler!

8 marzo, 2015 Leave a reply

parejas

Mujeres del mundo dejen de caer en la mentira más cruel que nos han vendido: El amor duele. ¡No es verdad! ¡El amor no tiene por qué doler! Ni emocional, ni, mucho menos, físicamente.

Es normal que haya diferencias en las parejas. Son dos personas con diferente educación, diferentes vivencias, sueños y expectativas, es lógico que lleve un tiempo conciliar dos mundos.

Lo que no es sano es que en ese proceso se lastimen a diestra y siniestra; se subestime al otro;  se critique de manera hiriente sus costumbres o creencias; se agredan física o verbalmente; se pretenda imponer al otro y se castigue con el silencio.

Cada relación de pareja conlleva a un ejercicio de mediación. Te gusta ganar, como a todos, pero ¿estás dispuesto a ganar, aun sabiendo que esa persona que amas va a perder? Seguramente tratarás de buscar una opción que deje satisfechos a ambos y ésta se alcanzará con comunicación franca y abierta. Nadie puede leer la mente, aun cuando parezca lógico lo que necesitas, el otro no está obligado a saberlo si no se lo expresas.

* ¿Cómo saber si una relación es destructiva?

Una relación de pareja que no me da la sensación de plenitud ni complemento ni apoyo es una relación destructiva. Hazte estas preguntas:

¿Cómo te ayuda, cómo te brinda seguridad, cómo te eleva tu autoestima, cómo te respeta?

Quien decía amarte ¿se está desquitando de la vida contigo, de sus frustraciones, insatisfacciones, de su madre o de alguna mujer que le hizo daño?

Una relación sana está cimentada en la confianza mutua, el respeto, la lealtad, la fidelidad, la admiración, y el deseo de compartir el mismo espacio, pero sin asfixiarse.

Una relación destructiva está basada en la falta de respeto, la desconfianza, el engaño, la traición, la posesividad y los celos.

* ¿Qué hacer si te encuentras en una relación destructiva?

1.- Romper el silencio. Hay varios motivos por los que una persona maltratada no se atreve a hablar, una de ellas es el miedo. El temor a desencadenar la ira del agresor es enorme, por lo cual es importante saber elegir a la persona a la que se va a confiar el problema.

2.-Para liberarse de una dependencia es necesario elevar el autoestima. Hacer todo aquello que le devuelve la confianza en sí misma: frecuentar amistades no abusivas, leer libros de autoestima, hacer ejercicio eligiendo un deporte que le guste o realizar aquellos para los que tiene actitudes.

3.- El tercer paso es terminar con las relaciones tajante y definitivamente cuando se trate de amistades o de la pareja.

Fuentes:

El amor no tiene por qué doler. Ernesto Lammoglia. Editorial Grijalbo

¡Sin pleitos y a dormir!

4 marzo, 2015 Leave a reply

1npCuando me casé sabía casi que a ciencia cierta, que tarde o temprano pelearía con mi flamante esposo, sobre todo porque los dos somos de carácter… ¿cómo decirlo amablemente?.. complicado/fuerte/difícil… Además de que  durante 4 años de noviazgo, ¡por supuesto que peleamos en más de una ocasión! Ya había dicho que de la misma forma en que nos amamos con toda el alma, así mismo también nos desgreñamos, así es que esto no era ninguna novedad. Un tío muy querido me dijo antes de casarme, que jamás nos fuéramos a la cama peleados, lo cual consideré un gran consejo (y lo sigo considerando), así es que los primeros meses de casados intenté con todas mis fuerzas que así fuera, si discutíamos por algo, intentaba que se solucionara de inmediato, para poder dormir tranquilos, sabiendo que estaba siguiendo el sabio consejo.

Antes del 1er aniversario, ya me había ido a dormir una vez al sillón.  Pensé por supuesto que antes de que me quedara dormida, Uli iría a buscarme, casi como príncipe de cuento de hadas, a decirme que sin mí no puede vivir, mucho menos dormir, y me llevaría en brazos al lecho matrimonial, tan sagrado como se imagina, para que jamás, jamás, volviéramos a dormir separados. No habían pasado ni 10 minutos de mi auto exilio, cuando empezó a roncar. Pensé que la tristeza lo había vencido y se quedó dormido, casi que llorando por mi ausencia, así es que decidí esperar un poco más, a que despertara, se diera cuenta que yo seguía sin estar ahí, y ahora sí corriera por mí ¡y me llevara en brazos! Por suerte era noche de viernes, ya que me dormí bastante tarde, en el sillón, esperando a que mi príncipe azul fuera por mí. Al menos no tuve que levantarme temprano a trabajar al día siguiente. Cuando Uli despertó solo me dijo: si te quieres ir a dormir a otro lado, tengo que respetar tu deseo, y cuando quieras regresarte a la cama, ahí te estaré esperando. ¿Sabio?, ¿Genio?, ¡solo Dios lo sabe! pero la pensé más de una vez para volverme a ir de mi propia cama. Lo mejor de la historia: ni siquiera recuerdo porqué nos peleamos esa noche….

Actualmente solo me voy de mi cama cuando los ronquidos así lo ameritan, o cuando mis hermosos hijos deciden pasar la noche ahí, pero eso sí, ¡a sus anchas!, por lo cual, a fin de evitar patadas, manotazos, jalones de cabello, o conversaciones nocturnas, opto por irme a otro cuarto, al sillón, o incluso a la cama de uno de ellos, en donde por lo menos, duermo sin pequeñas piernas y bracitos que me atacan a media noche; pero eso sí, por pleitos ya no me voy de mi cama.

Y es que entendí también que el pleito no se terminaba conmigo en otro lado, tampoco digo que hay que convertir la cama en ring y seguir peleando ahí, simplemente decidí seguir el consejo del tío y mejor solucionar un pleito antes de la hora de dormir. Cabe mencionar que esta semana empezó con una discusión que no solucioné antes de la hora del sueño, y fue lo que me inspiró a escribir esto: no vale la pena irse a dormir peleados, ya que, al menos yo, ¡ni dormí! El pleito se volvió a hablar por la mañana, pero la noche sin dormir ni cómo recuperarla.

Si bien ahora comparto mi cama más de una noche a la semana con mis hijos, la recuerdo cuando solo era de mi marido y mía: nos contábamos como había sido nuestro día, nos cuidábamos cuando uno o el otro enfermaba, pasábamos fines de semana completos sin salir de ella viendo Prison Break (cuando no teníamos hijos por supuesto) y bueno, pues lo imaginable también que no es oportuno contar en estas líneas, pero nunca la he recordado por pleitos o discusiones que se hayan llevado a cabo ahí, pues no es la función de una cama; e irse a dormir de pleito tampoco lo debe ser. Al menos yo llego a pasar gran parte de mi día laboral discutiendo  con clientes, o con otras áreas de mi empresa, luego llego a casa y tengo que discutir un poco más con mi hijo de 5 años para que haga bien la tarea, y con la de 3 años ¡para que deje a su hermano hacer la tarea! Y encima de todo ¿¿discutir con mi marido, a la hora de dormir, en mi cama, a la cual le lloro cada mañana cuando la abandono?? No, no me parece buena idea… sin embargo el consejo del tío sí que lo es: jamás te vayas a la cama enojada con tu marido.

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El crimen de la pasta de dientes   

25 febrero, 2015 Leave a reply

neocasadabuenoA más de una de nosotras nos dijeron que, cuando te casas y/o empiezas a vivir con alguien, el primer pleito, casi que inmediato, es el de la Pasta de Dientes, porque el masculino en cuestión la deja destapada o apachurrada de tal forma que tirarla es inevitable.  Así es que, desde hace 10 años que me casé, he estado buscando el momento ideal para pelear por la bendita pasta de dientes apachurrada, pero en el camino, me he ido encontrando pleitos (y por ende reconciliaciones), más interesantes.

Aquí debo aclarar, si es que aún no se ha entendido así, que si bien soy una mujer moderna y hasta cierto punto liberal, lo soy también tradicional. Yo no me casé pensando que existía el divorcio, no contemplo, aun al día de hoy, la idea de separarme de mi marido, y eso que varias tardes de ocio me he puesto a pensar detenidamente qué me haría separarme, incluso un día hasta hice repartición de bienes con él para que quedara claro desde ahorita, que el refri y las televisiones son mías. Y entre tantas y tantas ideas que me pasan por la cabeza, la de la pasta de dientes apachurrada sigue sin salir.

Un día descubrí que si bien es de suma importancia amarse hasta la médula, no es lo único importante para que una pareja funcione. Y no lo digo basándome solo en mi experiencia, que si lo vemos con más calma, 10 años es poco tiempo pensando que me falta aún vivir con mi marido el resto de mi vida; lo digo viendo a mis padres que llevan casi 40 años de casados, o mis suegros que andan en las mismas, mis tías, tíos, amigos de la familia, en fin, tantas personas que tengo la fortuna de rodearme de ellas y haberles aprendido más de una cosa. No solo debe existir amor, debe existir también entendimiento de que las personas SOMOS DIFERENTES. Además de eso, una pizca de respeto y comprensión nunca están de más.

Mi esposo anda en bicicleta creo desde que nació, de novios me hacía tanta novedad pensar en un novio deportista que hasta lo acompañaba los fines de semana al Ajusco, yo intelectual con mi libro en mano, dándole besos de ladito por aquello del sudor, con ese casco full face que me parecía tan sexy y eso sí ¡unas pantorrillas (y más arriba) que ni para qué contarlo! Poco tarde en darme cuenta que eso no cambiaría de casados, al contrario, se alargarían más las tardes de sábado, o en el Ajusco o en casa esperándolo, porque ya no tenía que ir después a buscarme a mi casa, pues ya vivíamos en la misma. La batalla campal comenzaba.

Los dramas ni para que recordarlos, fueron demasiados; terminaron no con mi esposo dejando la bici, si no conmigo entendiendo, y sobre todo respetando, que si bien nos amamos, somos diferentes y tenemos gustos y necesidades diferentes. Yo no acepto que el ande en bici y se vaya horas un sábado por la mañana, por el contrario, yo entiendo y respeto que es su espacio y que le gusta hacerlo, y el entendió que no debía tardarse tanto como antes, para que hiciéramos más cosas juntos, y de subirme a la bici ni siquiera lo intentó, eso no es lo mío.

Deja la pasta de dientes apachurrada, le toma a la leche del envase; se acaba el papel de baño y no pone uno nuevo; deja la puerta abierta a veces toda la noche; se rasura y deja un festín de pelitos por todo el lavabo. Pero también viste a mis hijos por las mañanas, los lleva a la escuela; sabe que canción poner cuando estoy triste o de malas; cambia los focos porque yo no alcanzo y me caigo de los bancos, y me ha sabido amar y respetar de la misma loca y exagerada manera que lo hago yo. No vale la pena el pleito de la pasta apachurrada, o el de rasurarse sobre MI lavabo, de la misma forma que para él no vale el pleito por mi coche sin lavar, o mis tacones a media escalera, o pedirle que me caliente los pies helados una noche de invierno, y tampoco el de la pasta de dientes, que por supuesto, ¡dejo toda apachurrada también!

No sé cómo encontrar un pleito que en verdad valga la pena, aunque en realidad no lo ando buscando, prefiero encontrar diversión que valga la pena, historias y anécdotas que contar en un futuro a mis nietos, pero sobre todo, prefiero hacerme de la vista gorda con los “errores” (¿o serán más bien horrores?) que mencioné arriba, y seguir pensando cada día de mi vida, que encontré a mi príncipe azul, con defectos y complicaciones, pero a la vez maravillas que me comparte todos los días de su vida, y así, aunque sea ya por compromiso, él seguirá haciendo a un lado los míos también.

 

neocasadabuenoeditado

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