Implantes de recuerdos

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¿Tener buena o mala memoria? ¿Cuál escogerías?

La buena memoria ideal sería recordar sólo aquello que nos ha hecho felices: un pastel de cumpleaños, una buena calificación, un buen beso…

La mala memoria ideal sería olvidar todo aquello que nos hizo sufrir: la caída en el parque, el regaño de mamá, el oso en el primer día de la preparatoria…

A medida que la tecnología avanza, se abren debates sobre la posibilidad o imposibilidad de vivir mejor.

Robert Aston, psicólogo de la Universidad de Aston, en Reino Unido, escribió un ensayo sobre las opiniones encontradas en torno a la implantación de recuerdos.

Aquí parte de su trabajo:

Parece la trama de una novela de ciencia ficción. Pero no es, necesariamente, tan improbable como parece.

Para empezar, los investigadores saben desde hace décadas que nuestros recuerdos del pasado a menudo son imprecisos, y que a veces recordamos hechos completos que nunca llegaron a suceder.

Estos falsos recuerdos pueden ocurrir de forma espontánea, pero es más probable que lo hagan cuando alguien planta la semilla de una falsa sugestión en su cabeza, que crece más y más a medida que piensas en ello.

A igual que los recuerdos sobre hechos que ocurrieron realmente, sabemos que los falsos recuerdos pueden influir nuestra forma de actuar.

Un experimento demostró que las falsas sugestiones sobre la comida que nos gustó o enfermó de pequeños pueden afectar lo que comemos de adultos, y que incluso llegamos a creer que “recordamos” ese falso recuerdo.

No es demasiado exagerado decir que, en principio, cualquiera podría implementarte deliberadamente un falso recuerdo, o que podrían tener efectos positivos en su vida.

Algunos analistas incluso han imaginado llevar la idea de ir un paso más allá y hacer una “dieta de falsos recuerdos”.

Entonces, ¿podría ser beneficiosa la fabricación de falsos recuerdos para luchar contra la obesidad u otros problemas relacionados con la salud, desde el miedo a ir al dentista hasta la depresión?

 

UNA CUESTIÓN ÉTICA

Incluso, aunque tal cosa fuera científicamente posible, todavía queda una cuestión latente: si sería éticamente justificable.

Cuestionar este tipo de prácticas es importante, no solo porque es posible imaginarse un futuro en que la intervención con falsos recuerdos esté en el menú de posibilidades, sino porque al menos en algunos casos aislados, los médicos han estado “comiendo de ese plato” por años.

En una nueva investigación financiada por Wellcome Trust y que publicamos en la Revista de Psicología Cognitiva Aplicada, les describimos una “terapia de falsos recuerdos” ficticia a casi mil personas en Reino Unido y en Estados Unidos.

Les pedimos a los participantes que imaginaran el caso de un paciente obeso en busca de ayuda profesional para perder peso.

Sin el conocimiento del paciente, el terapeuta tenía que intentar implantarle un falso recuerdo de eventos de su niñez, destinado a cambiar su relación enfermiza con los alimentos grasos.

Pero el terapeuta sólo revelaría el engaño meses después de completar la terapia.

Nuestra pregunta para los participantes fue: ¿Sería aceptable este tipo de terapia?

Sorprendentemente, no hubo mucho consenso.

De hecho, mientras que el 41% de los encuestados dijo que sería, en general, inaceptable, que un terapista tratara así la obesidad, un 48% dijo que sería “aceptable”.

Sólo un cuarto de ellos dijo que la terapia sería “totalmente antiética”. Y probablemente les horrorizaría saber que uno de cada 10 pensó que sería “totalmente ético”.

Parece ser que muchas personas son muy abiertas con la idea de manipular deliberadamente los recuerdos de otras, si hacerlo puede beneficiar al paciente.

 

EPISODIOS TRAUMÁTICOS

Estos resultados llaman la atención. Pero no se diferencian mucho de una investigación de 2011 en la que se analizaban las actitudes de la gente hacia lo que se conocen como medicamentos “amnésicos”.

En ese estudio, más de la mitad de los entrevistados dijeron que, si fueran víctima de un gran trauma, les gustaría tomar un fármaco que atenuara su recuerdo traumático.

Pero, ¿por qué tantos de nosotros rechazamos la idea de crear falsos recuerdos beneficiosos en nuestra memoria, si a tantos otros les entusiasma?

Para averiguarlo, les pedimos a 200 de nuestros participantes que desarrollaran sus reacciones sobre la “terapia ficticia de falsos recuerdos”.

Para quienes encontraron la terapia atractiva, el aliciente de ayudar a la gente a mejorar su salud era más importante que cualquier reparo que pudieran tener.

Algunos incluso desearon poder recibir esos tratamientos ellos mismos o poder hacerlo con sus seres queridos.

Para muchos, no parecía mucho peor que algunas prácticas existentes. Un hombre estadounidense escribió:

“No lo veo como un problema. Después de todo, muchos tratamientos médicos implican tomar medicamentos o someterse a operaciones quirúrgicas, lo cual implica introducir elementos reales dentro del cuerpo. A veces resultan no ser beneficiosos e incluso hacen más daño que bien”.

Así que implementar falsos recuerdos en la memoria de alguien no parece tan invasivo o potencialmente perjudicial.

En cambio, mucha gente encontró la terapia poco atractiva y siniestra por distintas razones.

A algunos les preocupaban los mecanismos de la terapia y dijeron que engañar a los pacientes no es para nada ético.

Otros vaticinaron una “misión de alcance furtivo” y señalaron que la práctica se acabaría utilizando para fines nefastos.

Una mujer británica escribió lo siguiente:

“Es demasiado peligroso. Podría usarse para que las personas homosexuales ‘sean‘ heterosexuales. ¿Y cuánto tiempo pasaría antes de que un partido en el gobierno lo use para ‘curar‘ a quien votó a la oposición? Puede sonar descabellado ahora mismo, pero podría no serlo si pueden hacerlo”.

Pero, para mucha gente, lo más inquietante es que podría arrebatarnos nuestra voluntad y autenticidad.

Nuestras personalidades ya no serían genuinas; nuestras decisiones en la vida no nos pertenecerían a nosotros.

Esa es, sin duda, una visión con la que todos podemos simpatizar.

Después de todo, incluso aquellos que estudian los fallos de la memoria de otras personas pueden volverse adictos a la creencia errónea de que podemos confiar perfectamente en nuestros propios recuerdos.

No puedo concebirnos aprobando completamente la implantación de falsos recuerdos para el uso terapéutico, pero ¿quién sabe lo que deparará el futuro?

Si los tratamientos para modificar los recuerdos son posibles, y si una parte sustancial de la población encuentra atractiva la idea de fabricar recuerdos falsos, tal vez necesitemos preguntarnos qué tipo de relación nos gustaría tener con nuestros recuerdos.

Incluso si nunca llega el día en que su médico de cabecera pueda recetarle un curso de falsos recuerdos, reflexionar sobre este campo minado, desde el punto de vista ético, puede recordarnos que los recuerdos son unos de nuestros bienes más valiosos.Y puede que los falsos recuerdos no lo sean tanto.

 

 

 

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