Él, ella y el fantasma soy yo

fantasma

 

–¡Necesito que le digas a Elena que no ando contigo!

El cerebro de Magda reaccionó cómo pudo: qué, cómo, dónde, quién, cuándo, ¿que qué?

–Habla Ernesto, ¡necesito que le digas!, te la paso…

Magda seguía sin saber quién carajos estaba del otro lado del teléfono. Pensó en colgar, pero tal disparate no podía quedarse sin su respectiva mentada: ¿Quién habla?

–Soy Ernesto, fuimos novios ¿te acuerdas?

Magda recordó. Hacía más de 20 años que fueron un intento de novios. Ella tenía 17 años. Él era mayor, estudiaba la universidad, embarazó a su vecina, Elena, se casó con ella y ¡fueron muy felices!

Magda, por supuesto, quedó fuera de esa historia.

Dos meses antes de la abrupta llamada telefónica, murió el padre de Magda y Ernesto la rastreó para darle el pésame.

El pésame incluyó una solicitud de perdón por haberla dejado hace 20 años, por haberle arruinado la vida, por no haberla valorado… Le soltó un monólogo virtual de telenovela de Thalía. Y ella, que nunca fue adepta a la televisión le respondió “todo olvidado” con la sinceridad que te dan los 40 años cuando efectivamente ya lo olvidaste todo, cuando no tienes tiempo, ni ganas, ni energía para explicar el olvido.

El “todo olvidado” resultó al revés. A él se le hizo costumbre mandarle mensajes deseándole buen día y hasta ofreció invitarla a comer. Ella aceptó, pero él nunca llegó al restaurante.

De alguna manera, de todas las maneras en que las esposas se convierten en policías, Elena leyó los mensajes telefónicos, que aunque nunca tuvieron respuesta, la pusieron de frente ante un pelotón de suspiros.

Ese pelotón fue certero y las heridas la hicieron confesar. Parecía una niña que hurtó un dulce y no lo comió por temor a que la delatara el aliento.

Parecía haber perdido 20 años, como si en ese tiempo apenas hubiera despertado unos cuantos días junto a su marido, como si los dos hijos que tuvo fueran hologramas, es como si en su mesa a la hora de la comida estuviera un fantasma sirviendo agua de limón sin azúcar, es como si al mirarse al espejo estuviera alguien detrás de ella susurrando “esta vida no te pertenece”.

Así lo escuchó Magda, que ahora se reprocha cómo es posible que apenas un año le duró el llanto por la boda en la que ella no fue la novia; y que la que sí se vistió de novia ha pasado 20 temiendo su regreso.

Un regreso que por supuesto nunca llegará. Así se los hizo saber amablemente por teléfono.

–No se preocupen, los fantasmas no asesinan.

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