Se fueron sin pedirlo

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NEOCASADA Por: Alma Campos

Alguna vez conté aquí que mis hijos básicamente dormían en mi cama todos los santos días de la semana, acto del que por supuesto me quejaba amargamente, pues ya con 6 y 4 años en su haber, ocupaban ahora más espacio del que ocupaban antes, por lo que rodillas enterradas en la espalda, manotazos en la cara, jalones de cabello, y posiciones dignas de acróbata de circo, ya eran menos tolerables y simpáticas que antes.  No había mañana que no nos quejáramos Uli y yo de la mala noche “dormida”, al tiempo que maquinábamos tremendo plan para AHORA SÍ hacerlos dormir en su cuarto toda la noche. Esto nunca pasó, no pusimos jamás en práctica plan alguno, lo que sí pasó es que mis hijos se fueron solitos a su cuarto, y no dijeron ¡ni agua va!

Un día mi hijo mayor fue quien declaró que esa noche dormirían los dos en su cuarto (mi hija menor aun baila al son que canta su hermano, así es que ella solo movía la cabeza aprobando lo que el hermano ya había dicho). Uli y yo con cara muy seria por supuesto que dijimos que nos parecía muy buena idea, que ya era tiempo, que qué orgullo nos daba, etc., etc., etc., toda la parafernalia que hacen los papás cuando saben que eso que los hijos están diciendo no se cumplirá. Llegó la hora de dormir, los acostamos a cada quien en su cama, beso de buenas noches, abrazo, apapacho, y ahora sí, ¡a dormir!. Nos salimos de su cuarto solo esperando el momento en que empezaran los pasitos escapistas a nuestra recámara.

Nos llegó a nosotros la hora de dormir, segurísimos que no tardaba uno o la otra en pasarse a nuestra cama, hasta nos dormimos ya con el respectivo espacio en medio de los dos para que ahí cupieran los hijos. En la madrugada me levante al baño, pero primero estiré el brazo derecho para ver a cuál de los hijos agarraba primero y ¡oh sorpresa! no estaba ninguno…..  me fui veloz a su cuarto a revisar que estuvieran ahí (¡pues en donde más iban a estar!), y por supuesto comprobé que ahí seguían, dormidos como los habíamos dejado varias horas antes, y con una cara literal de niño sin culpa. Regresé a dormir pensando que seguro en unos minutos más ya se pasaban a mi cama.

Me llegó la hora del despertador, y seguía sin los hijos en mi cama. Suerte de principiantes fue lo que pensé, seguro que mañana o pasado mañana ya regresan a mi cama y todo vuelve a la normalidad. Incluso Uli y yo hablamos ese día más tarde, y el veredicto fue el mismo: suerte de primera noche, verás que hoy sí que se pasan con nosotros. Sigo esperando que pase que se pasen.

¿En qué momento sucedió, que de necesitarnos encarecidamente para dormir, ahora ya lo hacen solos y sin menor problema? Sí los acostamos y leemos cuento antes de dormir y demás, pero ya lo hacen solitos en su cuarto, ya no se pasan a mi cama, ya no me patean, me jalan el cabello, me entierran el codo o la rodilla mientras duermo, y ¿saben qué? lo extraño. Si bien agradezco la oportunidad de poder manosear de nuevo a mi marido sin la aduana de por medio, extraño muchísimo a mis hijos conmigo al dormir. Sus manitas, su olor, su boquita medio abierta, sus ojos cerrados imaginando de seguro las locuras que solo en la mente de un niño se ven como normales, balbuceando de repente, o un reclamo a la miss o uno para mí por no darles galletas de cenar, o al perro porque les robo la comida. A veces ya dormidos voy y los abrazo, o me recuesto un segundo junto a ellos, para sentir de nuevo que dormimos juntos.

Un par de días después mi hijo nos comunicó que como hacían tan bien eso de dormirse solos, merecían un premio, el de dormir viernes y sábado en nuestra cama….. me costó trabajo no gritar el ¡SÍ! de felicidad que se me quedó atorado en la garganta, emocionada de pensar que al menos dos días a la semana, de nuevo iba a dormir fatal, pero con ellos. Si bien el viernes ya contaba con mi máxima aprobación y felicidad desbordada, ahora lo es más, pues es la noche en que de nuevo puedo jugar a que mis hijos son aún bebés, que duermen conmigo porque no saben otra forma para hacerlo, y que sin nosotros por un lado no encuentran sentido a la hora del sueño.

A una le dicen que el tiempo pasa volando, que los hijos crecen rápido, que hay que aprovechar el tiempo en que son bebés, pues el día menos esperado ya te estarán pidiendo permiso para irse de antro…. Ok no es para tanto, aun al menos no en mi caso, pero sí me llegó el tiempo en que ya no duermen conmigo, en el que ya casi no los cargo (por que pesan una barbaridad y porque ya tampoco les emociona tanto el asunto), a mi hijo ya no lo baño pues él “ya puede solo” y mi hija me lo pelea por que su hermano sí y ella no. Si están distraídos les escojo la ropa los fines de semana, pero si me ganan la carrera al closet, ya salen vestidos, y si combina o no, no es asunto mío pues ellos se vistieron solos. Si mi hija necesita ayuda se lo pide al hermano, solo para darme la sorpresa de que lo hizo sola, cuando en realidad me da tristeza que ya no me necesite, al menos no para eso.

Mis hijos crecieron, y eso tampoco se lo avisan a una. Duermo mejor, mucho mejor, pero un poquito apachurrado el corazón de que ya no me apachurran ellos al dormir. Me he aguantado muchísimas noches las ganas de decirles que se duerman conmigo, pero están tan orgullosos de haber logrado ya su independencia nocturna, que no me siento con derecho de quitarles eso. Solo ahora creo que los abrazo un poco más que antes, los veo poco tiempo despiertos y lo aprovecho más. Flash informativo: ¡los hijos SÍ crecen muy rápido, SÍ hay que aprovechar!

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