Un diario y su historia Parte IV

 chiapas

DE CHICA QUERÍA SER ESCRITORA

Hilda Vergara Hernández

 

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El fruto y satisfacción de esta hermosa relación maestra-alumna que duró un año y medio fue el haber concluido mi primaria a los diez años y el haber aprendido muchas “pequeñeces” sociales-culturales que me marcaron en mi vida y me formaron en parte como individuo. Justo en el umbral de mi adolescencia.

Siempre le viviré eternamente agradecida a Miss Célida por su tiempo y paciencia al regalarme ese espacio en su vida. Por hacerme confortable la estancia en casa de las tías.  Por enseñarme a entender que, si el nacer duele, el crecer duele más.  Por mitigar mi dolor por la ausencia de mis padres, por enseñarme a no odiar las condiciones de vida que a veces tenemos involuntariamente.  Por enseñarme a agradecer todo lo bueno y malo que nos pasa, porque eso hace la diferencia entre uno y otro individuo. Porque eso es lo que nos hace fuertes e indestructibles, la fortaleza, el conocimiento, la paciencia y la prudencia. Pero, sobre todo, el no olvidar nuestras raíces. Vaya que si lo he aplicado cada día de mi vida. ¡Por supuesto!

Como era de esperar, en ese inter mis papás compraron un rancho en el sureste del país, un lugar grande, bonito, con una vegetación exuberante, con ríos caudalosos y su gente cálida y amigable, un lugar sencillamente vestido de fiesta a donde no nos llevaron por las condiciones poco favorables en materia educativa para nosotros.

Así que las tías quienes se habían acostumbrado a su pequeña guardería, solteras y sin hijos, habían despertado su instinto maternal con nosotros, unas más que otras, pero en eso estaban. Tras acordar y convencer a mis papás de tenernos en resguardo a mis hermanos, a las tres primas y a mí, nos quedamos bajo su custodia para nuestra educación en la ciudad.   Total, dijeron que el único objetivo de cuidar a los sobrinos, era para apoyar a su hermana y cuñado, o sea mis papás, quienes procurarían hacer un patrimonio familiar y durante tal empresa se adjudicaron semejante responsabilidad y tarea.

Durante las vacaciones nos instalábamos por completo en el rancho disfrutando a mis papás, quienes en ningún momento durante el tiempo que vivimos con las tías, desatendieron su responsabilidad como padres, siempre estaban pendientes de nuestra manutención y nos visitaban constantemente de manera alterna durante nuestra estancia en la ciudad.

Mi primera visita al rancho fue espectacular.  Mi hermano y yo siendo los mayores tuvimos el privilegio de visitar tan deslumbrante lugar.

El rancho se ubicaba en el sureste del país prácticamente en la raya limítrofe de Tabasco y Chiapas.  Justo en la cima de una montaña.

Para llegar allí, tuvimos que tomar el tren en Apizaco Tlaxcala, el famoso “Mérida” que nos llevaría después de diez horas de viaje a Chontalpa y de ahí una hora en camión hacia el pie de la montaña. L       legamos casi al medio día del día siguiente.  Mi mamá quien era nuestra acompañante y guía nos dio instrucciones precisas de tener extrema precaución para subir pues era un camino de aproximadamente tres metros de ancho, tapizado con hojas secas y húmedas porque los árboles que ahí crecían, eran ceibas impresionantes, que apenas si permitían pasar la luz del sol, así que de un lado teníamos el muro de la montaña y del otro un precipicio que no era muy visible por las copa de los árboles, el trayecto para llegar a nuestro destino seria de aproximadamente tres kilómetros, haciendo una aventura increíble.

Esa escena de mi vida se quedó grabada con un énfasis tal que fue allí donde empecé a tener conciencia de lo inmaculada, lo impresionante e imponente que es la naturaleza.

Mi madre mi hermano y yo éramos un micro granito de arena en medio de esa magnificencia natural.  Los rayos del sol que lograban penetrar entre la exuberante maleza bailaban con un melodioso canto de aves.

Trataba de ubicar cada sonido desconocido por mí. El canto de pájaros, algún rugido y cada vez más fuerte el golpear del agua y de repente, una constante brizna en nuestra cara, estábamos pasando justo detrás de una cortina de agua cristalina y extremadamente fría.  Era una cascada.  Mi madre nos tomó de la mano para cruzar la cascada y nos pidió camináramos despacio y con cuidado. Yo me concentre en absorber esa belleza que sería irrepetible en mi vida.  Con mis escasos nueve años esta vivencia era mi máxima experiencia de vida, allí olvide los sinsabores que en mi corta existencia vivía a lado de mis tías y lejos de mis padres.

Permanecimos un momento tras la cortina de agua, ésta estaba fría, salpicaba mi rostro y mi pequeña mano sintió la caída de agua que golpeaba la palma de mi mano como lanzas que lastimaban.  Continuamos nuestro camino llenos de excitación y alegría.  Mi madre feliz sonreía al ver nuestra felicidad y admiración.

Llevamos aproximadamente una hora de camino, mi hermano encabezaba la caminata, en medio yo y mi madre atrás de nosotros quien traía cargando una cubeta con víveres y se apoyaba con un palo haciéndola de bastón, pues el camino era bastante empinado. Nos guardábamos cada uno una distancia de casi dos metros. El clima era húmedo pero bochornoso, nosotros también traíamos una cubetita con galletas y golosinas que habíamos comprado en la tiendita antes de emprender nuestra subida. De repente, mi grito de miedo fue tan fuerte que hizo un eco impresionante:

  • Ay! ¡Mamá un alacrán gigante!

Mi hermano al escuchar mi grito se regresa corriendo hacia nosotras sin medir las consecuencias del camino que estaba resbaladizo y bastante estrecho. Mi pobre madre no sabía si detener la bajada libre que llevaba mi hermano por la inercia del camino o correr a salvarme del alacrán gigante.

Al fin madre, pudo hacer las dos cosas, detener a Mauricio y con el palo que llevaba levantarlo en guardia diciendo:

  • ¡en dónde está el alacrán gigante!

Señalé al animal que amenazante me tronaba sus tenazas.

  • Ay Valentina por Dios, no es un alacrán, ¡es un cangrejo!

Se agachó y con una facilidad increíble le tomo las tenazas y las cruzo, lo echo a la cubeta e indefenso el pobre cangrejo, dejo de ser una amenaza para mí.  En mi vida había visto un cangrejo tan grande.

Casi llegábamos a la cima cuando escuchamos gritos y chiflidos de hombres que se comunicaban.   Nos encontramos con dos señores armados quienes reconocieron a mi mamá y le informaron que andaban en cacería de un jaguar que estaba matando el ganado. Preguntaron que con quien veníamos y mi madre dijo que solo nosotros tres. Le advirtió de la suerte con la que corrimos porque justamente en esa zona estaban acorralando al felino. Marcelino –que así se llamaba el señor- emitió un chiflido especial, obtuvo respuesta y más gritos de ¡escóltalos!  Nos acompañó a llegar a la planicie de la montaña sanos y salvos.  Al llegar quedé realmente maravillada de lo que veía. Me olvide del jaguar y el alacrán gigante.

Mis ojos no alcanzaban a absorber tanta belleza. Al menos para mí lo era.   Arboles muy altos, otros muy pequeños y bonitos, raíces de árboles aéreas, de un lado de la planicie, picos de otras montañas –hoy sé que es parte de la sierra madre de Chiapas-, del otro un vacío como si ahí terminara la tierra, solo se veían nubes, seis o nueve casas dispersas, unas en lo alto, otras en lo bajo, laderas, arroyos con agua cristalina, gallinas, guajolotes, perros, algunos becerros, cabras, caballos,  muy poca gente y varios señores armados, entre ellos mi papá, quien al vernos corrió a abrazarnos y besarnos.  Estábamos felices por encontrarnos. ¡Por fin estábamos en el Rancho!

C O N T I N U A R Á…

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