Un diario y su historia

De chicdiarioa quería ser escritora 

Por Hilda Vergara Hernández

 

Como si fuera tan fácil, ahora resulta que todo tiene solución, ¿por qué hasta ahora?  ¿Por qué no tomar antes las riendas  de este asunto? no hay vuelta de hoja. Hay soluciones pero este hecho, va a dejar rezagos de frustraciones, decepciones y demás.

Con angustia y preocupación les argumentaba a mis padres.

Cómo era posible que, después de todo, hoy las cosas estuvieran saliendo mal.  Qué lejos estaban aquellos recuerdos. En qué parte del camino esta vida dejó de ser la misma, para convertirse en una realidad que aún no entiendo y que, de alguna manera, me ha condicionado a tomar decisiones que por  el momento no quería, no debía, pero según yo  “era lo mejor para tratar de unir a la familia”.

Recordaba que hacia tanto tiempo atrás,  treinta, cuarenta años o más.

Mi fiesta de cumpleaños estaba por iniciar, las piñatas, los globos, las sillas, ¡el pastel! -cómo recuerdo el pastel, me lo hizo mi tía Anita, creo que siempre le he simpatizado-  los primos, los vecinos y  -¿quiénes más?  Aún no entiendo por qué, pero siempre he tenido lagunas mentales de mi infancia, vagamente recuerdo algunas cosas, otras me las cuentan los contemporáneos, estoy casi segura que algo raro pasó en mi vida hasta antes de los 8 años, porque de ahí para el real, recuerdo y vuelvo a vivir todos y cada uno de los momentos; algún día, tendré que enfrentarme a esa laguna y veré como nado entre ella para poder pescar todos mis recuerdos, ojalá no me tarde en hacerlo-,   pero bueno, la fiesta estaba por comenzar.

Eran aproximadamente las 4 de la tarde, el calor era sofocante en mi pueblo;  lugar en donde solo la calle  principal estaba empedrada y el viento revoloteaba el polvo de  callejones y calles sin pavimentar , ese olor a vaca, borrego y demás, daba un panorama poco favorecedor  para pasarla bien, pero mis padres habían hecho –como el resto de la vida- todo lo imposible para que su hija tuviera un feliz cumpleaños; así que me dispuse a disfrutarlo, aún, cuando las gelatinas de leche y los bolis, casi se estaban deshaciendo.

Mis primos jugaban, otros peleaban, otro estaba metiéndole el dedo a mi pastel, ¡cómo, si aún no lo partía!

En eso, mi madre,  pendiente de todo, nos llamó hacia la mesa del pastel:

¡Niños es hora del pastel, cantemos las mañanitas a Valentina. ¡Vamos todos!

Al unísono se escucharon “las mañanitas¨: … despierta mi bien despierta…. La luna ya se metió…. A la bio a la bao a la bimbombam Valentina, Valentina, rrarrarra…

Y apagué las 6 velitas de mi pastel, ¿cuál sería mi deseo?  No recuerdo si pedí algún deseo. Pero estaba feliz con mi vestido nuevo, el montón de regalos, mis papás, mis hermanos, mis invitados y además, las tías, que habían llegado de la capital, solo para mí cumple, esto ¡sí que era una celebración en grande!

Todos comíamos las ricuras que mi madre había preparado, disfrutábamos de los dulces de la piñata, de los bolis,  del agua de limón –  esa que es verde y que cuando está en el perol de cristal,  nadan las rodajas y cáscaras de limón junto con el hielo, haciendo una danza de sabor y frescura-  esa agua que preparó la famosa  Tinita,  la señora que vendía las ricas aguas frescas y nieves de limón; mira que sí me acuerdo…

Mira que sí me acuerdo de ese momento, por supuesto, como que fue el parte aguas de mi vida.  Fue el momento en que realmente tuve consciencia de que yo estaba aquí o mejor dicho allí. Porque después de eso viene lo mejor…

Como entre brumas y en cámara lenta veo como mi madre se acerca a mí y me abraza con tal frenesí que sentí que me exprimía -como lo hacía con las sábanas cuando lavaba- me apretaba de tal forma que sentía asfixiarme, me besaba, me daba la bendición y me decía algo, como:

Bueno, hija, es hora de que se vayan, te amamos. no te preocupes, iremos a verte cada ocho días, allá vas a estar bien, dicen tus tías que ya te inscribieron en una escuela muy bonita, tendrás muchas amiguitas, irás al cine, al circo y pronto estaremos todos para allá, pórtate bien, no hagas enojar a tus tías, ellas te cuidarán.

No recuerdo que dijo mi padre, seguramente algo parecido o no sé, pero igualmente me abrazó, me besó y me dio la bendición, diciendo

-“Vejoz, pórtate bien, te queremos. Pronto volveremos a estar juntos. No te preocupes”.

Notaba en la cara de mis padres una angustia, tristeza, o un no sé qué, que de repente descubro en mi rostro, ahora que soy madre y suelo hacer esas muecas de angustia cuando algo me preocupa enormemente.

Seguramente no era fácil para ellos despedirse de su hija mayor, quien pronto iniciaría clases en primer año de primaria en una escuela de la capital, en donde radicaban “las tías”, hermanas de mi madre, quienes se habían ofrecido a cuidarnos en lo que mis padres se organizaban para mudarse de residencia.  Una vez vendido u ordenado sus propiedades y así radicar todos juntos en donde fuera.  Y las tías, instaladas en la Ciudad hacia un poco más de diez años, se habían abierto camino por la vida, siendo muy jóvenes, tenían prestigio de buenas personas y trabajadoras. Así que su casa sería nuestro albergue temporal.

Supongo que esto era lo mejor para todos, pensé.   Después de todo había escuchado charlar a mis padres y habían dicho algo del rancho, que era peligroso, habría que ver en qué condiciones estaba, si tenía casa, si había escuela, si tenía agua, que los bichos, que no sé qué tanto, pero lo mejor sería que primero ellos dos fueran a inspeccionar el lugar y checar si era seguro para nosotros, pues con 5 hijos y todo debería estar bajo control. Por todo ese antecedente, teníamos que estar en un lugar seguro, donde continuar con la escuela y si los parientes se habían ofrecido a apoyarlos, pues les tomarían la palabra e iniciarían con su proyecto de “el rancho”.   Nunca imaginé, que yo, sería del tablero, la primera pieza a mover.

Y mira que para mí fue traumático, pues entre bruma, polvo o las telarañas de los recuerdos pero en  cámara lenta, recuerdo como en plena fiesta de mi cumpleaños, después de las mañanitas y el pastel, tuvimos que abordar  frente a mi casa y en compañía de las tías un autobús rumbo a la capital,  justo a las 6.00 p.m.

Los primos, amigos tíos y demás invitados, nos despedían con mucha bulla y alegría. Mis padres lloraban en silencio y con una sonrisa,  que más bien era una mueca, agitaban sus manos en señal de la cruz, dándome sus bendiciones.   ¿Y mi fiesta, quienes estarían para verla terminar, que pasó después?   Sólo recuerdo los rostros de mis padres con su sonrisa de dolor, recuerdo ver pasar rápidamente – a través de la ventanilla del autobús-  muchos órganos, nopaleras, cactus, piedras y muchas, muchas curvas durante el trayecto de 5 horas de viaje.

Salimos de mi pueblo por la tarde y llegamos a la ciudad muy  noche.   Llegué con ese típico mareo que me hacía sentir el camión, con ganas de echar las tripas y un sueño que jamás pude conciliar durante el viaje.

Escuchaba como ecos las voces, en la ciudad había demasiada gente que iba y venía, subía y bajaba, muchos autos, luces, vendedores, etc.

Esa noche,  una nostalgia indescriptible se apoderó de mí y hoy en día, no he logrado desprenderla aún del todo, a partir de ese momento, esa nostalgia  se instaló para siempre en mi vida, convirtiéndose en mi compañera inseparable.

Extrañaba a mis papás, a mis hermanos, mi casa, mi pueblo, mi vida…

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Una respuesta to “Un diario y su historia”

  1. rosy rios dice:

    me encanto, retrata la historia de muchas chicas en mi infancia viviendo en provincia,felicidades Hilda

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