UN DIARIO Y SU HISTORIA II

diarioDE CHICA QUERÍA SER ESCRITORA

HILDA VERGARA HERNÁNDEZ

Salimos de tarde y llegamos de noche a la ciudad.   Llegué con ese mareo típico que me hacía sentir el camión, con ganas de echar las tripas y un sueño que jamás pude conciliar durante el viaje.  Escuchaba como ecos las voces, había demasiada gente que iba y venía, subía y bajaba, muchos autos, luces, vendedores, etc.

Aquella noche,  una nostalgia indescriptible se apoderó de mí y aún, hoy en día, no he logrado desprendérmela; a partir de ese momento, esa nostalgia se instaló para siempre en mi vida, convirtiéndose en mi compañera inseparable.

Extrañaba a mis papás, a mis hermanos, mi casa, mi pueblo, mi vida…

Esa fue una noche bastante sobresaltada y larga, a altas horas de la madrugada por fin puede conciliar el sueño.

Desperté entre los: “apúrate, ya levántate que es muy tarde”, voces provenientes de las tías quienes se arreglaban para iniciar sus actividades diarias, unas a la oficina, otras a los quehaceres propios de la casa, en fin.

Me sorprendió ver a tres primas y de quienes no pude percatarme claramente la noche anterior,  las dos eran de mi edad y la tercera unos cinco o seis años más chica que yo.  Bueno –pensé-  al menos no estaré sola, hay más niños, bueno niñas.

Escuchaba las voces de todo mundo como si estuvieran en un cono, se oían raras y con un tonito medio especial, como si al final de cada palabra le dieran un canto especial,  era chistoso, pero me gustaba. Me agradaba el canto al hablar.

Me sentí cobijada por las tías quienes me atendieron con el desayuno, el aseo personal y finalmente me llevaron a la escuela donde iniciaría mis estudios de primaria.

En qué mundo tan diferente me hallaba; en lugar de vacas, caballos y campesinos me encontraba con muchos vehículos, autobuses de transporte y ríos de gente que iban y venían sin saber exactamente hacia dónde, pero no dejaban de moverse. Vestían tan diferente, zapatillas, zapatos de vestir, trajes, abrigos, cabellos bien acomodados y peinados altos. Todo parecía como el entorno de alguna película, de esas que vi alguna vez en el cine.

Inclusive las tías, se veían encopetadas y tenían unos modos medio  elegantes de hablar y de vestir. Debo aclarar que también había tíos, quienes trabajaban durante el día y casi no los veía, pero me refiero a las tías porque eran con quien más contacto tenía.

Seguía extrañando el jugar con mis amigos de la calle o con los hijos de las señoras que iban a moler su nixtamal al molino de mis papas, correr entre tierra y piedras, comer paletas de Tinita o ayudar a mi abuelita a ordeñar las vacas.

Mi mundo dio un giro de trescientos sesenta grados. Y allí estaba, enfrentando a la ciudad en todo su esplendor.

Pasaron los días y seguía extrañando a mi familia y trataba de adaptarme y adoptar a mi nueva familia y costumbres.

Como era lógico, entré a la escuela, una escuela  en donde iban solo niñas.  Todas íbamos vestidas con una bata blanca totalmente almidonada que hasta parecíamos palomitas, bien peinaditas muy monas y propias, lo que comúnmente llamaban “niñas bien”.

Al principio me costó trabajo incorporarme al grupo de clases. Durante el recreo,  las niñas solo querían jugar con muñequitas y trastecitos, según ellas “a la comidita”;  yo quería jugar a las escondidas o al toro o al encantado o no sé,  el chiste era correr, brincar, hacer bulla, pero no, no encontraba quórum para mis juegos y me aburría sobremanera sintiéndome no pertenecer a ese pequeño mundo -un tanto-  hostil para mí.

Finalmente después de cinco meses, me fui volviendo como todas las demás niñas, comencé a jugar a la comidita  durante el recreo, olvidándome de brincotear por allí, procuraba no ensuciar mi bata ni mi ropa.

Mis primas quienes también formaban parte de ese grupo selecto y con quienes no lograba simpatizar, finalmente me fueron aceptando. Ya casi era como ellas, ¡qué horror!

Durante las clases para mí era un martirio, puesto que durante el primer año de primaria, es la etapa de aprender a leer.  Yo, era demasiado inquieta,  pues me dedicaba a jugar y a distraer a mis compañeras que hacían su mejor esfuerzo por aprender a deletrear porque para mí eso ya no era nuevo,  mi papá ya me había enseñado a leer, a sumar, a multiplicar, un poco de geometría, historia y muchas más cosas y por supuesto, no había nada nuevo que aprender.   Y el distraer a la clase ameritaba llamada de atención constante por parte de la maestra, quien no lograba controlarme hasta que finalmente llegue a la Dirección del Colegio en calidad de castigada.

La directora, una señora muy alta, regordeta, bien vestida y con unos ojos azules que los recuerdo perfectamente, me observo con atención a tiempo que preguntaba: “a ver Valentina, dime, ¿qué dice aquí?”  Mostrándome una página del famoso “Libro Mágico”.   Cohibida por la impresionante mirada justiciera de la señora directora,  tartamudeando empecé a leer, poco a poco tuve seguridad y seguí leyendo con tal fluidez y entonación,  que creo haber impresionado gratamente a la directora quien en ese momento me dijo:

  • “Valentina, ¿te sabes las tablas de multiplicar? ¿Sabes sumar?”

A lo que respondí que sí, que mi papi me había enseñado todo lo que la Maestra estaba enseñando y otras cosas más que ella no enseñaba.

La directora,  con una mueca en la cara que ahora concluyo que era una especie de sonrisa, le pidió a la maestra trajera un examen de primero de primaria, lo puso frente a mí y me dijo retadora:

  • “¿Valentina, podrías contestar este cuestionario? La maestra te guiará y si tienes duda en algo, pregúntame, de acuerdo”

Moví la cabeza afirmativamente y la maestra comenzó con el cuestionario que duró desde antes del recreo hasta la hora de salida, hoy concluyo que unas dos horas y media.    La maestra me puso a leer,  me pidió le escribiera lo que había entendido, que si sabía qué era el sujeto y qué el predicado; que cuánto era 2×2; que si tenía diez pesos y gastaba seis cuánto me quedaba; que cómo era un triángulo; que quién era Benito Juárez, etc., etc. Cuando terminó el interrogatorio mis tripitas gruñían como un rugido de león, tenía mucha, mucha hambre.

La directora desde su escritorio me observaba de vez en vez y volvía a hacer su mueca de risita.  Y entonces prometí que jamás volvería a jugar en clases porque el castigo era muy pesado, no daban recreo y preguntaban mucho.

Debo aclarar que tenía escasos cinco meses que había ingresado a la escuela, así que cuando las tías se enteraron que me habían llevado a la Dirección por estar jugando y distrayendo a mis compañeras ¡Dios!, no quiero recordar la santa regañiza que me dieron, advirtiéndome que no estaba en mi pueblo y que tenía que aprender a comportarme como las “niñas decentes” y bueno,  pues fue mi primera llamada de atención en donde me sentí de lo peor, deseado en ese momento regresarme con mis papás y abrazarme a sus piernas, sentirme protegida,  pues según yo, lo que había hecho no era malo, excepto jugar en clases y distraer a mis compañeras, situación que me quedo muy claro.  Nunca más debería hacerlo y bueno, no tuve otra opción que acatar las órdenes y empezar a comportarme como una “niña decente”.

Para mi desgracia, se atravesó el fin de semana y yo me sentía apenada con las tías por mi comportamiento y obviamente la situación desde mi pequeño punto de vista era muy ríspida.

Empecé a sentir un poco de resentimiento hacia ellas por esa actitud un poco intolerante, pero finalmente, estaba bajo su custodia y habría de acatar las reglas, pues no tenía otra, o me acostumbraba o me acostumbraba.

Sus hábitos y costumbres eran un tanto diferentes a las que traía de casa.  Los sábados nos levantaban un poco más tarde que de costumbre para la escuela, así que dormía unas dos horas más, ¡qué rico!, con el frio que había, eso verdaderamente se agradecía.

Después del desayuno debíamos levantar, lavar y limpiar los utensilios y el lugar en donde habíamos comido y esa acción correspondía a hacerlo durante los tres alimentos de rigor. Al principio como niña, eso no me gustaba, pero hoy que soy adulta agradezco muchos buenos hábitos que aprendí con ellas, después de todo estaban tratando de formarnos. Y después de esas pequeñas labores, éramos china libre para jugar o ver la tele o bailar, que era la parte que más me gustaba, ¡aprender a bailar!

Las tías, en plena juventud y corriendo por su venas sangre costeña,  eran muy alegres y con una gracia indiscutible para el baile, así que,  casi  casi, estábamos en clases de baile,  porque lo mismo bailábamos twis, a go go, rock and roll, salsa, cumbias que danzones, ¡ah qué bonita era esa parte!  Hacíamos una fiesta para el aprendizaje, porque nacía una competencia no declarada, por ver quién lo hacía mejor y con gracia y sin duda eso nos obligaba a hacerlo muy bien, cosa que también agradezco porque la música y el ritmo hoy en día los llevo implícitos en mi ser .

Después de nuestro fin de semana bastante movido y casi olvidando mi inadecuado comportamiento en la escuela, llegó el “san lunes”  y ni modo a la escuela otra vez.   Esperaba que nadie recordara el bochornoso incidente de haberme ido a la Dirección, pero no, no fue así.

La mañana de clases paso sin pena ni gloria, obviamente, me comporté lo mejor que pude y hasta participaba en clases para que vieran que ya me portaría mejor.

Al terminar el recreo mi maestra Catita, así se llamaba, me pidió que la acompañara nuevamente a la Dirección, y yo, con una cara de susto y casi llanto le juré y perjuré que no había hecho nada, que me había portado bien, que porqué me llevaba a la dirección y con una dulzura que no he de olvidar jamás, se agacho a mi altura y me dijo:

“No Valentina, no te asustes. Sé que te has portado bien, cosa que te agradezco, la Señora Directora quiere hablar con nosotras, creo que te va a felicitar” – lo dijo cerrando un ojo y sonriendo muy feliz, así que yo me limpié mis lágrimas que ya abundaban en mi rostro y también sonreí siguiéndola hacia la dirección-.

 Derechos Reserv@dos

Hilda Vergara Hernández

2015

 

biohilda

Deja una respuesta

Sorry, you can not to browse this website.

Because you are using an outdated version of MS Internet Explorer. For a better experience using websites, please upgrade to a modern web browser.

Mozilla Firefox Microsoft Internet Explorer Apple Safari Google Chrome