La ¿molestia? de dormir juntos

 colechoNEOCASADA

ALMA CAMPOS PINEDA

Cuando nació mi primer hijo, en menos de una semana ya lo habíamos metido a la cama a dormir con nosotros. Como buenos padres primerizos, los terrores que nos rodeaban estaban a la orden del día: la muerte de cuna, que si no respira, si no se mueve, si se voltea, si no se voltea, en fin, lo que hemos escuchado (incluso hasta los que no tienen hijos) hasta el cansancio y que creemos que trágicamente puede llegar a pasarnos. Pues mi hijo se adueñó de nuestra cama a tan solo una semana de vida, con solo 51cm de largo, nos hacía dormir apretujados a Uli y a mi, cada quien en su lado de la cama, porque, claro, ¡ahora el temor era aplastarlo! así es que dormíamos más derechitos que momias en sarcófago, pero eso sí, más tranquilos de tenerlo cerca, aunque no por eso, más relajados…

Lo deportamos a su cuarto a los seis meses, con el método del libro “Duérmete niño”, que mi amiga Angie tan amablemente leyó y resumió para mí (¡estaba yo tan cansada que creo hasta se me olvido como leer!), y a la tercer noche de método, mi santo hijo se durmió de 8pm a 6am de corridito… ¡Me sentía en el cielo! en las nubes literalmente, pues con seis meses de cansancio acumulado, dormía como si me pagaran por ello. La vida fue más perfecta aún: dormía plácidamente, ya no parecía zombie vagando sin rumbo, mis ideas volvían a acomodarse en mi cabeza, y hasta retomamos las actividades sociales y de pareja como salir a cenar, o a la reunión de los vecinos de enfrente, siempre y cuando el monitor llegara a donde estábamos, o alguien estuviera de visita en mi casa mientras salíamos.

Tan acomodado todo como estaba, pues nos animamos por el segundo hijo, al fin que sentíamos que ya todo lo sabíamos en esta vida en cuanto a paternidad se tratara, y que tan fácil fue dormir al primero en su cuarto como lo sería con el segundo sin problema. Pues la segunda llegó y antes de la semana ya estaba en mi cama. En esta ocasión yo ya había regresado a trabajar, aunado a que ya tenía un hijo de dos años, por lo que me sentía aún más cansada que la primera vez. Ella y yo nos acomodamos de manera tan magistral en el tema de darle de comer por la noche, que por fin pude hacerlo acostada (¡con mi primer hijo jamás pude hacerlo!), así es que su presencia en mi cama estuvo infinitamente más justificada que con el hijo anterior, por lo  que a mi hija tardamos más en deportarla. Adicional estábamos ya en proceso de cambio de casa y bueno, la expulsión llego hasta el año de edad en que por fin nos mudamos a nuestra actual casa.

Ahora sí, la vida empezaba a parecer como de película o de revista del momento, nosotros teníamos nuestro cuarto y mis hijos el suyo, más un cuarto de visitas que en un futuro se convertirá en el de uno de ellos, que como es más pequeño, ya se echarán un volado, o algo así, para ver quien abandona el cuarto más grande. Que corto fue el tiempo en que todo se mantuvo así…. ¡Y qué bueno que fue corto!

Todo comenzó (oficialmente) cuando Uli se fue a trabajar a otro Estado, se iba los lunes a las 6am y regresaba viernes a medianoche o de plano sábado en la mañana. Mi casa además de hermosa es un poco grande, y si a eso le sumamos que yo soy del tipo miedosa, la combinación tenía todas las de perder desde un principio, por lo que considere súper-acertado el que mis hijos se fueran a la cama conmigo esas cinco tristes noches que tenía que dormir sin Uli, además que así estaba más al pendiente de ellos, pues ahora era yo sola contra el mundo, al menos mientras Uli regresaba. Total que desde entonces mis hijos van y vienen de manera intermitente a mi cama…. Y ¿saben qué? ¡A mí me encanta!

Aquí debo hacer la oportuna aclaración que en mi familia existen solo dos termostatos físicos: el de Uli y mis hijos, que es del tipo tropical, y el mío que es totalmente antártico. Mi hijo duerme completamente adherido a la espalda de Uli, mientras que mi hija, aún y cuando intenta pegarse a mí, de inmediato trata de escapar de la sábana, la cobija y el edredón con los que yo me tapo, por lo que termina del lado tropical , razón por la cual yo duermo taaaan agusto con mis dos hijos en mi cama, pues solo tengo que estirar la mano para agarrar la manita de alguno de los dos, o acariciar el cabello hermoso de mi hija, y regreso de nuevo a la comodidad de mi espacio inviolable, custodiado por mi frío eterno que me hace dormir tapada hasta el sofoco. ¿Será por eso que yo no peleo por que se vayan a su cama? No solo es por eso…. El “colecho” como me parece que se le llama ahora, tiene tantos pros como contras quieran encontrársele, pero yo he decidido quedarme solo con los pros.

Me gusta verlos dormir, si de por sí son hermosos y tienen unas caras angelicales, dormidos lo parecen aún más; son tan tiernos, tan frágiles, que me hacen recordar de repente mi propia infancia, de lo feliz que fui en ella y lo feliz que quiero hacer la de ellos. Me gusta acariciar el cabello de mi hija, única forma en la que no hay reclamos o pleitos porque dice que le jalo, o tomar la mano de mi hijo, sin que me diga que le hago cosquillas, o sin encontrarme con algún chicle masticado con el que esté jugando y esconda en la mano. Me gusta abrazarlos dormidos, porque el tiempo se hace infinito y el abrazo puede no acabar jamás. Sobre todo me gusta besarlos mientras duermen, decirles al oído todo lo que los amo y lo feliz que hacen mi vida desde que llegaron a ella. Los abrazo y los beso todo el tiempo, pero despiertos siempre hay un distractor que acaba con el abrazo, y los besos son menos porque siempre hay algo por lo que vale la pena salir corriendo detrás.

Sé que Uli disfruta las noches con los cuatro en la misma cama, aunque despierta torcido como guajolote en Navidad, estoy segura que disfruta las mismas cosas que disfruto yo, y por más que intentamos cada noche que se queden en su cuarto, los pasitos nocturnos de regreso a nuestra cama no se hacen esperar, y cuando los escucho ¡son lo más lindo que alguien puede oír a las tres de la mañana!

neocasadabuenoeditado

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