¿Y si ni eres lo que querías ser?

NEOCASADA

ALMA CAMPOS PINEDA*

profesiones

Últimamente me he estado preguntando, o más bien tratando de recordar, que era lo que quería ser cuando era niña y la verdad no sé si es por falta de memoria, o falta de una idea clara de aquella infancia, que tengo más de un recuerdo de eso que quería ser de grande cuando era chica.

Recuerdo, primero que nada, que quería ser grande. La infancia me parecía por lo visto demasiado larga, y solo soñaba con el momento en que por fin entraría a la Universidad, iría con mi traje sastre y mi portafolio (¿?) a tomar mis clases, para después irme de ahí a algún lugar súper interesante a hablar de temas de mundo y más (¡sabe Dios qué habré pensado en ese entonces que serían temas de mundo!). No sé por qué me imaginaba en traje sastre…. creo que el día que más arreglada fui a la Universidad fue la época en que trabajaba mientras estudiaba y nomás porque trabajaba en una empresa que más que destinada a vender cosméticos franceses parecía pasarela de modas, que si no, seguro hubiera ido en los mismos pants en los que iba a clases, o con la misma falda de tenis que me dejaba después de jugar y que no me importaba usarla el resto del día en las clases que me faltaran. Al día de hoy sigo sin usar trajes sastres, no vengo a trabajar en pants por supuesto, pero el saco y el pantalón no figuran para nada en mi clóset, y del portafolio ¡bueno! de ese ni que decir, ¡no existe para mí!

Después de querer ser grande y querer ser profesionista de algo (supe que estudiar el día que tuve que inscribirme en la Universidad), quería ser mamá. Me imaginaba perfecto con mis hijitos de la mano, con mi hermoso delantal de cuadritos rosas, mi peinado casi de bucles cual señora de los 50´s, cocinando maravillas culinarias, súper saludables por supuesto, y atendiendo a mis hijos de la misma maravillosa manera en que mi madre nos atendió a nosotros desde el primer día de mi vida y la de mis hermanos. Ayudándolos con las tareas, llevándolos a sus múltiples actividades extra académicas por las tardes, para después llegar a bañarlos, darles de cenar y dormirlos con un bello cuento leído por mí, y ya después dedicarme a la divina labor de atender a mi marido como Dios manda, escuchar todo aquello que tuviera que platicarme de su día, y no agobiarlo para nada, con pequeñeces de lo que hubiera sucedido en el mío. A los hijos gracias a Dios los tengo, no puedo atenderlos todo el día como lo hubiera pensado pues trabajo, así es que trato que de 5:30 a 8:00 pm se cubran las necesidades de tareas, juegos, cena, baño y por supuesto lectura de cuento, que esa, considero yo, es de vital importancia en el desarrollo de los niños, ¡esa no la pasamos por alto! Ya el tema de atender al marido como Dios manda pues medio lo quedo a deber, no tengo ahora muy claro que será exactamente eso que Dios manda, pero sí trato que de menos una quesadilla y una cerveza eventual sí nos tomemos juntos mientras nos platicamos, de manera resumida, como fue nuestro día, para tener un rato también de descanso.

Ya inmersa en el mundo profesional, quería ser publicista. Confieso haber visto demasiadas películas en donde las agencias de publicidad eran la base de toda la trama, y el mundo de las fiestas, las creaciones creativas de alguna idea, un comercial, un visual, eran lo que rondaba mi mente y me hacían creer, sin lugar a dudas, que ese sería mi destino en el mundo laboral. Jamás trabajé en una agencia. Logré meterme en el mundo del marketing pero poco tiempo, para después dedicar más años de mi vida a comprar desde refrigeradores, licuadoras, muebles y vajillas, hasta adornos y sets de jardín. No tuve el glamour que había imaginado en una agencia publicitaria, pero tuve la maravillosa oportunidad de viajar a lugares a los que nunca imagine llegar. Trabajé con coreanos, alemanes, chinos, americanos, vietnamitas, en fin, no me quejo de esa parte de mi vida… salvo aquella ocasión en que me deportaron de China por un error en mi visa, no tengo más que gratos recuerdos de viajes a lugares tan exóticos y lejanos como mi mente se hubiera solo podido imaginar verme ahí.

Un día regresé a la Universidad para ser Psicóloga, pues me visualizaba perfecto en un consultorio, en mi sillón de piel, escuchando los problemas de la gente, ayudándolos a ayudarse, a convertirse en la mejor persona que pueden ser, guiados por mí y mis vastos conocimientos en la materia de la mente. Ese aún está en trámite, no he dejado la escuela pero tampoco he logrado acabarla, y no dejo de soñar con mi consultorio en mi casa, que además de ayudar a la gente, me permitirá pasar más tiempo en casa con mi familia. El día que lo consiga, les paso mis datos para una consulta…

¿Qué pasa cuando despertamos un día y no somos lo que de niños quisimos ser?, cuando nos damos cuenta que tal vez nuestra vida se fue hacia un rumbo muy diferente al que habíamos soñado o planeado durante nuestra infancia, ¿sentiremos que traicionamos a ese niño nuestro que aún existe en la línea del tiempo virtual? En mi caso la respuesta es no. No he traicionado nada de lo que soñé ni de lo que quise ser, pues al abrir los ojos cada día de mi vida, descubro que he vivido un día más de una vida que no soñé, que me sorprende a cada instante con cosas nuevas, con vivencias diferentes a las imaginadas y que por mucho, pero por mucho en verdad, ha sido mejor de la que imaginaba.  Soy feliz, con sus altibajos por supuesto, pero me declaro sin el menor indicio de equivocación, que soy feliz. Mi vida es estupenda, pues me rodea tanto amor y tanta felicidad que si me negara a verlo sería entonces una falla de ser humano. Si descubres que no eres lo que querías ser, antes de declarar un desperdicio tu vida, siéntate tranquilamente en tu casa, o en un parque, o en tu oficina, mira a tu alrededor, has el recuento de cuantas sonrisas ves al día, cuantos abrazos recibes, cuanto amor das, cuantas llamadas o mensajes de amigos o familia lees al día… te darás cuenta que, al igual que lo hice yo, tu vida es mejor de lo que algunas vez lo soñaste.

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