Eugenia

DE CHICA QUERÍA SER ESCRITORA

Por Hilda Vergara

 

eugeniaUna mañana me encontraba en un consultorio médico esperando una consulta de rutina, escuchaba y observaba a los pacientes que hacían lo mismo que yo, esperar a ser atendidos. La mayoría de ellos de la tercera edad y uno que otro niño que jugueteaba en los pasillos, como suele suceder en las clínicas de servicio médico social.

Me llamó la atención escuchar una conversación entre dos señoras que platicaban parte de sus vidas, se contaban ciertas confidencias que, como siempre he dicho, la vida me regala momentos para bien de mi existir…

Las señoras, al parecer paisanas por el mismo tipo de acento y expresiones, una de 42 años y la otra de 50 aproximadamente, platicaban sobre lo que en común tenían: sus esposos quienes trabajaban para la misma compañía.  Una empresa de tráileres y obviamente se encontraban la mayor parte de tiempo fuera de casa, haciendo sus viajes rutinarios.

Eugenia, (llamaré a la más joven y Elisa a la mayor) le decía a Elisa con ese acento costeño:

  • Hay mana ya estoy hasta la madre de este pinche trabajo de mi marido, justo cuando más lo necesito él no está aquí. Ves que antes solo viajaba unos doce días al mes, pues no, ahora tiene que hacer viajes donde se llevaba hasta veinte días en carretera y pues la verdad me preocupa,  pues cada vez lo veo  cansado y obviamente más viejo.  Pero sé de buena fuente que hace años Alfonso, vive con otra mujer allá por Veracruz, dicen que hasta dos chamacos tienen, mira, nomás quiero saber exactamente dónde es porque los he de ir a ver, te lo juro por ésta (y besaba la señal de la cruz de su mano). Seguramente ese ha de ser el viaje de otros ocho días más en carretera, pero ahora que se entere de mis resultados de la biopsia hasta sed le va a dar. A ver si así deja de andar de loco por otro lado.

  Elisa comentaba:

  • Pero Eugenia, por qué no le has dicho, tú ya tienes que estar tomando las quimios, le estas dando chance al cáncer de que avance y todo por una estupidez de celos. Mana, tú tienes que procurarte por tus hijitos, ellos aún son adolescentes  y les haces falta, deja que el hombre ande de  coscolino, pero tú atiéndete, que eso no sea tu prioridad sino tu salud.

 No pude evitar ver las facciones de esa mujer que decía tener cáncer y que estaba más preocupada por los andares de su hombre que por su propia salud.  Era una mujer típica costeña, simpática y agradable, se veía jovial, fuerte y jamás me hubiera imaginado que tuviera cáncer.

 Observé su rostro avejentado, no sé si por el tipo de vida que llevara o por la enfermedad que avanzaba.  El brillo de sus ojos estaba apagado y su sonrisa  aparecía de manera mecánica como si todo lo que decía o escuchaba era chiste, eran más bien un gesto que no controlaba…

Sentí algo irremediablemente parecido a la pena, a la tristeza o a la nostalgia o tal vez al consuelo, quise abrazarla y con un impulso propio de mí, le pedí me permitiera darle un abrazo, le explique que inevitablemente había escuchado su conversación.    Se puso de pie y nos abrazamos.   La señora comenzó a llorar inconsolablemente.  Nos contagió a Elisa y a mí.

 Permanecimos abrazadas un buen rato, bajo la mirada curiosa de los demás pacientes en espera.  Cuando finalmente controlamos el llanto, me permití platicar con ella y tratar de convencerla que no diera más tiempo a la espera para tomar sus quimioterapias.  Que, como Elisa había dicho, sus hijos la necesitaban.   Que debía considerar que ella era una mujer aún joven con muchas cosas que disfrutar y vivir en esta vida. Y que afortunadamente la ciencia había avanzado  suficiente para poder ayudarla en este trance pero que gran parte de la recuperación dependía de la actitud y de la disponibilidad para empezar el tratamiento lo antes posible.

 Le dio cuanto consejo pudimos para concientizarla hasta que fue llamada a consulta.

 Me quedé con un triste pensamiento y una reflexión:

  • ¿Cómo era posible que alguien se rigiera en cuestión de salud por la compañía de otro?
  • ¿Hasta dónde, como personas podemos tener esa dependencia hacia otro, sin tener la claridad para poder determinar cuando debemos tomar el control de nuestra propia vida sin impórtanos nadie más que nosotros por nosotros y para nosotros?
  • ¿Cuándo dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en dependientes de otros?
  • ¿Cuándo nos perdemos el valor hasta denigrarnos y perdernos el respeto a nosotros mismos?
  • ¿Por qué aún seguimos con nuestro papel histórico al pie de la letra?

 Mi tristeza fue mayor cuando  dos meses después me encontré con Elisa y le pregunté por la salud de Eugenia. Lamentablemente el cáncer había sido fulminante y tenía una semana que ella había fallecido.

 Eugenia se había enterado del cáncer hacia tres meses antes de yo escuchar esa plática, ella no le tomo la seriedad que ameritaba el diagnóstico y le fue dando largas para tomar su tratamiento.

 Me surge la interrogante:

¿Si ella hubiera tomado en ese entonces el tratamiento, aun estaría viva?

No lo sé, solo creo que aquí aplica el refrán que reza: nunca dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy y menos cuando de salud se trate.

 Mujeres, chequémonos constantemente. Debemos querernos más de lo que nos quieran.   Debemos amarnos más de lo que nos amen.   Debemos ser de nosotras mismas antes de ser de otros.  Que Eugenia no haya muerto sin dejarnos un claro mensaje.

 Derechos Reservados 2015

Hilda Vergara Hernández

 

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