Un “norte” inolvidable

lluviaDE CHICA QUERÍA SER ESCRITORA

Por Hilda Vergara

Era un día más de lluvia, era justamente lo que llamaban un famoso “norte” en esa zona tropical. Este sería el cuarto día de torrenciales aguaceros.

A mí me encantaban esos días, porque a pesar de que llovía durante todo el día  y noche, se sentía un bochorno muy rico y teníamos la oportunidad de hacer todas nuestras actividades de una manera “normal” pero, bajo la incesante lluvia que de repente se tornaba de un chipi chipi a una torrente de agua que inundaba todo el campo y caminos.

Disfrutaba caminar bajo la lluvia que golpeaba mi cara de una manera única experimentando una sensación de libertad y alegría que solo el vivir nos da.

Del rancho al pueblo más cercano había seis kilómetros de distancia, el camino rural estaba a la verja de la vía del tren. Esa tarde iríamos al pueblo por víveres pues después de tantos días de encierro por el mal tiempo, la despensa escaseaba y habría que hacer las compras; más teniendo a mis hermanas, a los abuelos y a los tíos paternos de visita por vacaciones, pues no había otra que ir de compras. Así que nos trepamos todos a la camioneta con camper y agarramos camino. Éramos en total once personas entre adultos y niños, todo un ejército.

El camino rural estaba realmente muy dañado, obviamente era de terracería y en esa zona la tierra tiene un color rojizo y una consistencia chiclosa,  por lo que la camioneta se patinaba a cada rato amenazando atascarnos o caer en las cunetas del camino.  Teníamos que cruzar dos puentecitos: el Puente Negro con un arroyo un poco caudaloso y el de “Estringas”. El primero muy bien hecho con durmientes y hasta con un barandal de acero,  pero el segundo eran unos troncos planos que solo marcaban las rodadas de los carros y sin barandal;  este puente  siempre me imponía, así que han de imaginar la sensación tan fea que tuve al tener que pasar tremendo puente con lluvia, lodo y poca visibilidad…. La camioneta se ladeaba terriblemente, de no ser por la habilidad de mi papá para conducir, seguramente habríamos tenido algún accidente… pero finalmente llegamos sanos y salvos al Chontalpa –así se llama el pueblo-, felices por ver a mucha gente, la “civilización” y luz eléctrica, pues en el rancho no había semejante lujo. Y seguía lloviendo, el agua no daba tregua.

Felices todos,  fuimos a la tienda de don Lencho, que era la más surtida del pueblo e hicimos un mega super, sin faltar por supuesto, las galletas de animalitos y el café.

Ah! con esa lluvia como se antojaban las galletas de animalito remojadas en café, sentados en el corredor de la casa, viendo caer  la lluvia, oliendo la hierba mojada y escuchando ese lamento indiscutible del cielo cuando llora y luego sus hipeos convertidos en truenos y relámpagos. Rogábamos a Dios que no fuera a caer un rayo cerca de la casa, porque estábamos rodeados de enormes arboles…. Disfrutando en todo su esplendor la magnificencia de la naturaleza con un rico café.

Pues hicimos las compras, para esto,  ya nos había entrado la noche, así que nos fuimos al negocio de los Santos – amigos de toda la vida-  a cenar unas ricas empanadas de salpicón, panuchos de pavo y nuestro vaso de chocavena  -mmmm de lo más delicioso que mi mente y mi paladar recuerdan-,   cenamos como pelones.  Pues entre la cena y la chorcha nos dieron cerca de las nueve de la noche. Debíamos de regresar al rancho y la lluvia no cesaba.

Así que el ejército que viajábamos volvimos a treparnos a la camioneta entre “adiu” (modismo típico tabasqueño para decir adiós) y “vuelvan pronto”.  Y nos enfilamos de regreso. Esta vez, manejaría mi tío Juan.

No hicimos más que salir del pueblo y todo nuestro entorno se volvió una boca de lobo, totalmente oscuro, solo la tenue luz de la camioneta se veía entre uno que otro relámpago.

Llevábamos avanzado cerca de tres kilómetros cuando de repente sentimos un zangoloteo terrible dentro de la camper que las compras hechas se nos vinieron encima, los gritos de mis hermanos y papás se dejaron escuchar, mas brincoteos y ¡zas! quedamos empinados en una tremenda cuneta y totalmente en sentido contrario. Después de preguntar si estábamos bien y de ver que la camioneta ya no estaba en movimiento, mis papás bajaron para ver qué pasaba.

No hubo heridos, mis abuelos que venían adelante con los tíos, estaban bien. Lo que sucedió fue que una vaca que se había atravesado por el camino y éste  tan resbaladizo, hicieron que mi tío perdiera el control y cayera en la profunda cuneta llena de agua.

La noche estaba más negra que mi conciencia y a esa hora, ni alma que pasara por ese camino rural, bueno sí, solo la vaca.   Así que entre todos intentamos tratar de sacar la camioneta, pero resulto más que imposible.  El peso de la unidad,  el suelo bastante resbaladizo y la lluvia no permitían la maniobra.  No hubo más que caminar hacia el rancho, mi papa traería el tractor y herramienta de apoyo para sacar del atascadero la camioneta.

Se quedaron mis tíos y mi abuelito, los demás a caminar bajo la lluvia, resbalándonos y a tientas porque solo nos alumbrábamos con una lámpara de mano, aprovechábamos los relámpagos para medio correr y poder avanzar con un poco de luz.

Mis pobres hermanitas, iban hechas una sopa igual que todos y temblaban, no tanto por el frío de la noche y lo empapadas,  sino porque jamás habían tenido una experiencia similar.   Estábamos a merced de la hermosa naturaleza: lluvia, truenos, rayos, el sonido de algún animalito silvestre, el mugido del ganado que se acercaba a los alambrados de los ranchos y a lo lejos el rechinar de las vías anunciando que el tren pasaría pronto. Tantos sonidos tan conocidos por nosotros y tan ajenos para ellas.

Juan disfrutaba brincar entre los charcos haciendo gala de su valentía  por no temer a la lluvia. Horacio un poco desesperado por querer llegar al rancho por el tractor aceleraba el paso, casi trotaba y encabezaba el grupo.  Zulma, Mayra y Nivia  arrugaditas de tanta agua, iban bien agarradas de las manos de mi papá y de mi abuelita. Iliana la más pequeña y yo íbamos con mi mamá. Lo más cercano a sombrillas eran los fondos de mi abue y de mi mamá que sirvieron  de protector a las niñas para protegerse un poco de la incesante lluvia.

Finalmente llegamos al rancho después de dos horas de camino y de haber cruzado los dos puentes que eran mi pesadilla…. empapados, con plasta de lodo por todos lados y muy cansados.

Mis hermanas felices de estar ya en casa, preguntando tantas cosas que para ellas eran nuevas, pero con una cara de felicidad y emoción que no he olvidar jamás.  ¡Estaban disfrutando sus vacaciones!

Ese día la vida nos había regalado una noche diferente, una noche llena de nuevas experiencias y retos.  Una hermosa noche en familia con un “norte” inolvidable en la exuberante  tierra tabasqueña.

*Derechos Reservados

Copyright México 2015

 

Una respuesta to “Un “norte” inolvidable”

  1. rosy rios dice:

    excelente relato de los recuerdos d la infancia

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