Gracias por el trópico

 

NEOSOLTERA

Por Lesly Mellado May

puerto ceibaHe de confesar que gracias a mi abuela no me llamo Diamantina.

Sucede que Diamantina era novia de mi abuelo, pero mi abuela se puso lista y se lo voló.

Eso nos contó hace unos años. Mi abuelo llegaba a su casa a entregar carne y a ella -jura- la mandaban a atenderlo, así que de tanto salir al corredor terminó casándose con él.

Los arreglos de esa boda fueron históricos porque se hicieron con los primeros teléfonos que llegaron al pueblo.

En realidad por atropellos de la época y los enredos tabasqueños, hubo fiesta y baile con marimba pero no boda. Los papeles civiles y religiosos los firmaron muchos años después.

Eso nunca importó: tuvieron seis hijos, adoptaron a uno más, y mi abuelo mandó a construir una mesa de cedro muy larga…

A esa mesa nos convocó mi abuela el domingo: su corazón con noventa años encima no pudo más.

 El último regalo que me hizo fue un esplendoroso amanecer en el trópico.

El sol acariciaba el punto en el que el río González se funde con el Golfo de México y Puerto Ceiba era un gran espejo que duplicaba la belleza de los manglares.

Entonces mi corazón estrujado se alivio un poco.

Recordé sus artilugios para conquistar a mi abuelo.

Su eterno cafeíto.

Sus pasos bajo los árboles de mango.

Su complacencia a mi sueño.

Sus remedios espantosos.

Los sublimes olores de su cocina.

Su tiritar cuando viajaba a Puebla.

Su papacito Alfonso, el escribano.

Viaje toda la madrugada del lunes para llegar a su funeral.

Sólo pude decirle: gracias por el trópico.

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