Las marcas en mi piel    

1npCuando cumplí 1 año de noviazgo con Uli, nos hicimos el primer tatuaje juntos. Fue, como dijo alguna vez la Guzmán: “donde la espalda pierde su nombre”, y fue doloroso en exceso, pero valió cada minuto de sufrimiento. Con ese era ya mi tercer tatuaje, porque sí, sí son adictivos, pero el primero que me hacía con alguien, porque siempre tuve muy claro que eso de rayarse la piel, era para toda la vida, y pues ni modo de andar predicando amores permanentes con quienes no lo eran,  así es que con solo 12 meses de historia juntos, yo sabía que el tatuaje con Uli valía la pena.

El primer tatuaje que me hice fue a los 19 años, pagado por mi papá y todo por haberme retado a sacar puro 10 en un parcial (o mes escolar); el reto era para pagármelo, no para hacérmelo, no se vaya a pensar que mi padre anda por ahí retando hijos a que se tatúen….. ¡si bastante le costó aceptar que lo hiciera! Supongo que pensó que lo de los dieces no lo lograría y que no tendría dinero para pagármelo yo, así es que un sábado en Coyoacán, me hice mi primer tatuaje. Me hacía sentir que empezaba a ser quien realmente soy. En ese entonces no le buscaba ningún significado espectacular o profundo a tatuarme, sólo buscaba decorarme la piel para que se viera bonito. Fue a un costado del abdomen, de lado izquierdo, porque siempre he pensado que ese “es mi lado”. El segundo fue en el tobillo, pues por fin había superado el trauma de ser excesivamente flaca hasta la preparatoria, y no usar faldas cortas (vaya, ¡ni a la rodilla!), pues las burlas de mis piernas de popote tardé en superarlas. Ese fue como a los 20 años.

El tercero fue el del aniversario, y el cuarto fue para taparme el primero, no porque me hubiera dejado de gustar, sino porque quería uno más grande y consideraba ese el lugar más apropiado, así es que tape el primero con uno mejor. Este mismo se lo puso Uli en el brazo izquierdo, y teníamos ya un segundo tatuaje igual. De ahí Ulises se alocó y me ganó en la carrera de los tatuajes (mentira, ¡no es carrera!). Tiene tatuados casi por completo los dos brazos y cada que lo veo lo único que pienso es que ojalá yo tuviera brazos más torneados para hacerme lo mismo que él (bueno, pienso otras cosas cuando lo veo pero esas me las reservo).

Casi 1 año antes de que naciera mi primer hijo me perforé la nariz. Era algo que siempre había querido hacer, y fue hasta ese momento que pude por fin hacerlo. Al día de hoy lo sigo usando porque gracias a Dios tengo un jefe que entiende que un arete y los tatuajes no me hacen más tonta o carcelera o tranza o vagabunda, pero sí me hacen más feliz y eso en algo debe ayudar creo yo. Los tatuajes 5 y 6 son los que más significado tienen. Apenas el año pasado concluí por fin ese proyecto que había iniciado hacia 4 años con el nombre de mi hijo en el antebrazo derecho, y ya por fin tengo el nombre de mi hija en el antebrazo izquierdo. Cada que veo mis brazos y veo sus nombres, me hace sentir cerca de ellos…. Como madre trabajadora veo a mis hijos menos tiempo del que veo a mis compañeros de trabajo, por lo que la nostalgia de cada día aun no consigo evitarla, pero me gusta ver mis brazos, siento que así, de una extraña forma, los veo. ¡Y a ellos les encantan! Cada uno sabe que brazo es el de cada quien, y les gusta preguntarme por qué me puse sus nombres, a lo que yo suelo contestar: porque de esa forma siento que estoy con ustedes cada minuto del día que no lo estoy. Siempre sonríen al escuchar esto.

Mi última marca favorita, al menos hasta este momento, es la de mi cesárea, y tengo solo una porque el doctor tan atinado y considerado solo me dejo una cicatriz y no dos, por aquello de la vanidad y del bikini… ¡¡como si esa fuera la única razón por la que no usaría un bikini!! Me gusta verla en el espejo, tocarla y de esa forma recordar como si de nuevo estuviera pasando, las 2 primeras veces que escuche a mis hijos llorar…. Es como una puerta a los recuerdos, ¡y juro que en verdad vuelvo a escucharlos como el día en que nacieron! A ellos por supuesto les gusta verla también, preguntarme como es que salieron por ahí (¡A Dios gracias no preguntan aún como es que entraron!), si me duele o me dolió, o si se va a quitar algún día, y yo les digo que no quiero que se quite nunca, pues me gusta recordar cuando nacieron. De nuevo sonríen con la respuesta.

No hay una sola de estas marcas permanentes en mi cuerpo que quisiera eliminar. Los tatuajes por desgracia siguen siendo un tabú, la gente en la calle sigue volteando cuando nos ve, padres tatuados de 2 niños, ¡qué clase de educación vamos a darles! Como si la educación tuviera algo que ver con cómo te ves. Para mis hijos es lo más normal, y eso me alegra pues me hace creer que educamos hijos incluyentes, sin prejuicios y tolerantes, ¡y ya con esos 3 puntos siento que casi están del otro lado! Las marcas en mi cuerpo son algo que valoro y disfruto cada día que las veo, pues cada una tiene una historia, vacía o profunda, pero al final una historia que ayuda a contar la persona que soy.

neocasadabuenoeditado

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