La de los 40  

     manos

Por Alma Campos Pineda

Esta semana mis padres cumplen 40 años de casados. Podría poner aquí que se dice fácil pero no, ni hacerlo ni decirlo me parece que haya sido tarea fácil. ¡Estamos hablando de que mis padres llevan más tiempo juntos, del que pasaron solteros! No puedo más que considerarme muy afortunada (casi que tipo en peligro de extinción) por tener a mis padres juntos. Ya en mis épocas se veían divorcios, me tocó tener amistades a lo largo de mi vida estudiantil, que tenían padres divorciados, o desde hacía mucho tiempo ya, o de índole reciente; pero eso sí, siempre se veía algo de tristeza en sus ojos cuando lo contaban. Yo ni a pleitos de aventarse-la-plancha llegaba. Y desde entonces ya me sabía afortunada.

Hubo épocas difíciles en mi familia, no se vaya a creer tampoco que trato de vender la idea de que mi vida fue casi cual cuento de hadas, pero eso sí, siempre vimos, por más duro que fuera el pleito, o difícil la época que pasábamos, que todo lo arreglaban juntos. A veces mi mamá hacia “trampa” y empezaba a maquinar la solución al problema antes de que mi papá llegara, pero el cierre final del problema lo daban en pareja.  Mi madre dejó de trabajar cuando se casó (¡bendita ella!), aunque el trabajo en casa, con cuatro hijos debe haber sido peor (ups….), así es que había noches, muchas en realidad, que tenía que esperar a que mi papá regresará de la oficina, darle de cenar, preguntarle por su día y sus problemas laborales, y ahora sí, antes de irse a dormir, plantear la situación escabrosa familiar del momento, para solucionarla juntos. No siempre lograba quedarme despierta hasta que el llegara y al menos tratar de espiar detrás de la puerta lo que decían, pero si a la mañana siguiente el problema ya se había solucionado, me quedaba claro que lo habían hecho entre los dos.

Ya antes dije en este espacio que yo me casé con la certeza en mi corazón (y en mi necedad) de que era para toda la vida, y no sería sorpresa el decir también que lo hice con ese pensamiento porque tengo un gran ejemplo en mi vida. Del matrimonio de mis padres aprendí que si bien estarás en desacuerdo en un sinfín de cosas a lo largo de la vida, al menos el veredicto final de algo se da en pareja, que frente a los hijos no se pelea, ni se grita, ni se lleva la contraria si uno ya dijo algo antes que el otro, sobre todo para no desestabilizar emocionalmente a los hijos (eso se lo dejamos a la televisión), que a la familia del otro se le respeta aunque la tía Conchis nos caiga mal o el tío Pánfilo sea medio metiche, la familia es la familia, y si te enamoras de una persona, para bien o para mal, ¿algo habrá que agradecerle a los que estuvieron alrededor no? Que a la suegra se le respeta y se le quiere (cuando se tiene una normal como el caso de mis padres y Gracias a Dios el mío también), ¡porque la madre de uno es sagrada! Aprendí a amar a mis hermanos cuando más nos peleábamos todos contra todos; mis padres siempre estaban ahí, dispuestos a separarnos primero (¡es que nos engarzábamos como perros de pelea!), después a decirnos que si estábamos tontos por pelearnos así, y por último a explicarnos que estaríamos juntos los cuatro en esto de la vida, pues básicamente, toda la vida, así es que más nos valía tomarlo con calma, que el día que ellos no estuvieran, con quienes verdaderamente lloraríamos ese dolor, sería con nosotros cuatro nada más, pues sentiríamos exactamente lo mismo. Así es que además de amor de pareja me enseñaron amor de hermanos.

Durante toda nuestra vida “joven” los vi sacrificarse cada día por nosotros: por la escuela, vacaciones, ropa, caprichos (yo era la peor la verdad en este campo), comida, casa, en fin, ¡sacrificaron todo por nosotros! Por la familia que empezaron a formar una semana como esta de hace 40 años en que los dos dijeron “Acepto”.

A veces me peleo con mi esposo y siento que es un pleito de un nivel que seguro la humanidad no ha visto jamás, y me pregunto cómo es que uno le da la vuelta a esa página para hacerlo a un lado y seguir como si nada, con cara de “sigo tan enamorada de ti como aquel primer día ¡que te lo perdono todo!”, y de pronto me encuentro pensando en mis padres: durante 40 años no creo que se la hayan pasado perdonándose mutuamente, o pasando por alto las faltas que seguro salieron en el camino, creo más bien que solo pensaban en que la meta que buscaban era una más alta y más valiosa, como para arruinarla con trivialidades. Y esa meta más alta es la que yo aprendí a buscar también: viéndolos día a día, luchando contra todo, pero divirtiéndose también de lo lindo ¡imposible pasar 40 años juntos si no te diviertes! Y llevo ya 10 años en el camino, ¿nada mal no? tomando en cuenta que el divorcio pareciera que cada vez se pone más de moda.

A mis padres les digo aquí: ¡Felicidades! Lo han hecho estupendamente bien, pero no necesitan que yo ni nadie lo digamos, basta con ver a su alrededor, lo que han construido, el amor que hay en torno a ustedes, las vidas nuevas, la familia que crece, mirarse al espejo y si bien seguro ven un poco más arrugas cada año, estoy segura que ven también más amor, más felicidad, más permanencia en este mundo que demuestra que se han amado hace tanto tiempo, ¡como para seguir juntos todo este tiempo! Crearon una familia hermosa (modestia aparte por supuesto) y hemos hecho lo nuestro para seguir su ejemplo de amor, de fidelidad, de compromiso, de apoyo. Gracias por amarse, por demostrar que en esta vida si se puede cumplir con lo que se promete un día frente al altar (o donde sea), por enseñarnos que un problema nunca, NUNCA es más grande que el amor entre ustedes, ni el amor a nosotros… los amo con toda mi alma.

neocasadabuenoeditado

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