Las mujeres de mi vida

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 Desde hace varias semanas quise escribir sobre este tema que un día se me plantó en la cabeza, solo que cada semana que me sentaba a escribir, otro tema le ganaba a este y así se fue postergando hasta ahora. Antes de seguir, si bien hablaré de pocas mujeres, no son las únicas que han pasado por mi vida: he tenido grandes amigas que en más de una ocasión me han salvado de la locura de mi mente o las tristezas de mi alma, mi suegra que rompe por completo el esquema de la suegra-ogro, tuve maestras que me enseñaron más de una cosa que valía la pena en esta vida y que yo ignoraba, y he leído a maravillosas escritoras que me hicieron llorar, reír, soñar despierta y sobre todo engancharme en una de las cosas que más amo en la vida que es leer (bueno, mi papá también fue un gran promotor de la lectura en mi vida, así como mis tíos en Los Cabos que a falta de tele, un día de visita comencé a leer).

La primera gran mujer de mi vida por supuesto es mi Madre. Le debo desde saber cocinar, coser, poner un altar de muertos o hacerle bucles a mi hija, hasta lo más importante como es la paciencia cuando se tienen hijos, el amor incondicional de quitarte algo de la boca para dárselo a alguien más, o salir y vender de puerta en puerta para ayudar a sostener a la familia; aprendí de ella que un hijo nunca es lo suficientemente grande como para no esperarlo a que regrese del trabajo para comer, o por más loco que este tu esposo, y haga cosas que a veces no entiendes, vale la pena seguir ahí, a su lado, si estás segura del amor que sentiste la primera vez por él. Gracias a mi madre me equivoqué con tantos hombres en mi vida que fue fácil saber cuándo había encontrado al indicado, y digo gracias a ella porque desde muy chica me dijo: ten cuantos novios puedas en la vida, porque al final te quedas con uno solo para siempre. Gracias a Dios mi madre sigue conmigo, siempre sonriendo, viendo alguna novela o cuidando a alguno de los seis nietos que tiene, y es a Dios a quien le pido cada mañana que me la deje muchísimos años más, pues mi vida sin ella estaría incompleta.

Otra mujer de mi vida es mi hermana. Es casi seis años menor que yo, así es que pasé muchos años sin darme cuenta realmente de lo que era tener una hermana, pues había muchos años entre nosotras. De adolescente por supuesto me molestaba cuando se ponía mi ropa, o quería usar mi maquillaje, o me preguntaba cosas que según yo eran tan importantes o increíbles como para explicárselas que mejor ni le contestaba. Siempre tan callada, con unos ojos muy grandes y siempre muy abiertos, como tratando así de entender o aprender todo lo que yo no tenía paciencia o ganas de explicarle. Un día que me rompí (literalmente) en pedazos, ella me cuidó, junto a mi mamá que también se desarmó un poquito. Nos daba de comer, me ayudaba a bañarme, a vestirme y ponerme de nuevo el corset que tuve que usar más de 6 meses, me peinaba y me ayudaba con todo lo que requiriera de 2 manos pues además de la espalda, tenía roto un hombro. Jamás se quejó. Jamás me apuró para vestirme o me dijo que no tenía tiempo de bañarme. Y creo que jamás le agradecí. Tía nana, gracias por quererme, por cuidarme, por tenerme paciencia en mis locuras y desquicios, gracias por amar a mis hijos y por darme a Sam, mi amor chiquito.

Mis abuelas fueron otras grandes mujeres de mi vida. De mi abue Caro ya conté, lo mucho que agradecí que viniera a mi boda y lo mucho que lloré que se fuera un día antes de la misma. Mi abue José se fue muchísimo antes, yo tenía como 11 años creó, y le lloré tanto durante tantos años que de plano una señora que lee las cartas me dijo que ya eran muchos años de tristeza por ella, que la tenía atada aquí por mi dolor, y que era momento de dejarla ir, que desde el cielo me cuidaba como yo se lo pedía cada noche, y sabía cuánto la extraño. Además del susto que me dio la señora esa que salió tan atinada, me dio tristeza pensar que ella, en el cielo, estaba triste por mí, así es que ese día decidí dejar de llorar. Tenía 21 años.

De la última mujer que hablaré ahora es de mi hija. Me enseñó a querer más de lo que ya quería, a saber que en mi alma sí cabía más amor del que ya le daba a mi primer hijo. Me enseñó a pensar en el futuro: irme a pintar las uñas con ella, ir a comprar zapatos, escuchar las historias de su primer novio o de su primer beso, prestarle mi ropa, mis zapatos (esos ya se los pone ¡caray!), supe con ella lo que era tener un pedazo de mi propia alma en las manos, la primera vez que la cargue y supe que todita todita, era mía. Si bien amo a mi madre, a mi hermana, a mis abuelas, es de mi hija de quien verdaderamente me enamoré en el instante en que la vi. Su sonrisa, sus hermosos ojos azules, su vocecita tan tierna ¡y taladrante al mismo tiempo cuando pelea con su hermano! Es mi mujer favorita, mi niña adorada, a quien enseñaré lo que mi madre me enseñó a mí, a no llorar innecesariamente, pero que consolaré cuando decida hacerlo, a que sea fuerte y decidida, pero que sepa que es válido también caerse y pedir ayuda.  A mi amada hija, la mujer de mi vida que continuará con la mía…neocasadabuenoeditado

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