El crimen de la pasta de dientes   

neocasadabuenoA más de una de nosotras nos dijeron que, cuando te casas y/o empiezas a vivir con alguien, el primer pleito, casi que inmediato, es el de la Pasta de Dientes, porque el masculino en cuestión la deja destapada o apachurrada de tal forma que tirarla es inevitable.  Así es que, desde hace 10 años que me casé, he estado buscando el momento ideal para pelear por la bendita pasta de dientes apachurrada, pero en el camino, me he ido encontrando pleitos (y por ende reconciliaciones), más interesantes.

Aquí debo aclarar, si es que aún no se ha entendido así, que si bien soy una mujer moderna y hasta cierto punto liberal, lo soy también tradicional. Yo no me casé pensando que existía el divorcio, no contemplo, aun al día de hoy, la idea de separarme de mi marido, y eso que varias tardes de ocio me he puesto a pensar detenidamente qué me haría separarme, incluso un día hasta hice repartición de bienes con él para que quedara claro desde ahorita, que el refri y las televisiones son mías. Y entre tantas y tantas ideas que me pasan por la cabeza, la de la pasta de dientes apachurrada sigue sin salir.

Un día descubrí que si bien es de suma importancia amarse hasta la médula, no es lo único importante para que una pareja funcione. Y no lo digo basándome solo en mi experiencia, que si lo vemos con más calma, 10 años es poco tiempo pensando que me falta aún vivir con mi marido el resto de mi vida; lo digo viendo a mis padres que llevan casi 40 años de casados, o mis suegros que andan en las mismas, mis tías, tíos, amigos de la familia, en fin, tantas personas que tengo la fortuna de rodearme de ellas y haberles aprendido más de una cosa. No solo debe existir amor, debe existir también entendimiento de que las personas SOMOS DIFERENTES. Además de eso, una pizca de respeto y comprensión nunca están de más.

Mi esposo anda en bicicleta creo desde que nació, de novios me hacía tanta novedad pensar en un novio deportista que hasta lo acompañaba los fines de semana al Ajusco, yo intelectual con mi libro en mano, dándole besos de ladito por aquello del sudor, con ese casco full face que me parecía tan sexy y eso sí ¡unas pantorrillas (y más arriba) que ni para qué contarlo! Poco tarde en darme cuenta que eso no cambiaría de casados, al contrario, se alargarían más las tardes de sábado, o en el Ajusco o en casa esperándolo, porque ya no tenía que ir después a buscarme a mi casa, pues ya vivíamos en la misma. La batalla campal comenzaba.

Los dramas ni para que recordarlos, fueron demasiados; terminaron no con mi esposo dejando la bici, si no conmigo entendiendo, y sobre todo respetando, que si bien nos amamos, somos diferentes y tenemos gustos y necesidades diferentes. Yo no acepto que el ande en bici y se vaya horas un sábado por la mañana, por el contrario, yo entiendo y respeto que es su espacio y que le gusta hacerlo, y el entendió que no debía tardarse tanto como antes, para que hiciéramos más cosas juntos, y de subirme a la bici ni siquiera lo intentó, eso no es lo mío.

Deja la pasta de dientes apachurrada, le toma a la leche del envase; se acaba el papel de baño y no pone uno nuevo; deja la puerta abierta a veces toda la noche; se rasura y deja un festín de pelitos por todo el lavabo. Pero también viste a mis hijos por las mañanas, los lleva a la escuela; sabe que canción poner cuando estoy triste o de malas; cambia los focos porque yo no alcanzo y me caigo de los bancos, y me ha sabido amar y respetar de la misma loca y exagerada manera que lo hago yo. No vale la pena el pleito de la pasta apachurrada, o el de rasurarse sobre MI lavabo, de la misma forma que para él no vale el pleito por mi coche sin lavar, o mis tacones a media escalera, o pedirle que me caliente los pies helados una noche de invierno, y tampoco el de la pasta de dientes, que por supuesto, ¡dejo toda apachurrada también!

No sé cómo encontrar un pleito que en verdad valga la pena, aunque en realidad no lo ando buscando, prefiero encontrar diversión que valga la pena, historias y anécdotas que contar en un futuro a mis nietos, pero sobre todo, prefiero hacerme de la vista gorda con los “errores” (¿o serán más bien horrores?) que mencioné arriba, y seguir pensando cada día de mi vida, que encontré a mi príncipe azul, con defectos y complicaciones, pero a la vez maravillas que me comparte todos los días de su vida, y así, aunque sea ya por compromiso, él seguirá haciendo a un lado los míos también.

 

neocasadabuenoeditado

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